Callejero
No me imagino la vida de otra manera, después de tantos años
merodeando las calles de este barrio. A esta altura de mi vida, creo que no
podría vivir en una casa. Aunque quien sabe. Estuve mucho tiempo yendo por aquí
y por allá hasta asentarme en esta esquina que considero mi casa. Esto no
siempre fue así, no nací callejero. Al menos mientras vivía con mi madre, tenía
un hogar. Mis recuerdos de ella, mis hermanos y las personas con las que vivía,
se me están haciendo difusos con los años, a pesar de lo cual hay cosas que
permanecen intactas en mi memoria, como recién ocurridas. Fue hace mucho
tiempo. Tengo la casi certeza que no era por aquí, pero no podría asegurarlo.
Vivíamos en una casa grande, con un patio más enorme aún. O quizás me
impresionaba todo enorme en ese momento en que yo era tan pequeño. Los niños,
los dueños de la casa, los muebles… todo parecía grande. Quizás si lo viera
ahora no tenga la misma sensación, hasta me pueda parecer pequeño, o de tamaño normal. Comparado con el
mundo exterior, cualquier hogar es pequeño. Es curioso cómo, a pesar del paso
del tiempo y de la conciencia del tamaño de las cosas, uno conserva siempre la
misma perspectiva que tenía en ese momento de la vida. La perspectiva y los
sentimientos. Ya pasado tanto tiempo de esos momentos, por ejemplo, sigo
sintiendo el mismo miedo al dueño de la casa. Y eso que he visto muchísimas,
incontables personas en estos años, pero al recordarlo me recorre el mismo
escalofrío que de pequeño. Olía a tabaco, alcohol y a sudor. El dueño de casa
nunca nos quiso. Digo “nos” quiso porque tanto a mi como a mis hermanos nos
trataba igual. Mi madre se salvaba porque conocía las reglas. Pero los más
pequeños, las aprendimos a los golpes. Nos golpeaba en cuanto intentábamos
ponernos a cubierto cuando llovía, o si intentábamos entrar a la casa, tentados
por algunos de los muchos aromas irresistibles que de allí provenían. Ni hablar
cuando en nuestro afán de comenzar a marcar territorios, orinábamos en algunos
lugares que luego fuimos reconociendo como sitios “prohibidos”, donde sólo a
los dueños de casa (en pocas ocasiones a mamá) se les autorizaba a ingresar.
Fueron las peores palizas que recibí en mi vida. O quizás me lo parece porque
fueron las primeras. No olvidaré nunca los ojos llenos de furia que me miraban
de forma tal que yo apenas si podía encogerme y bajar la vista, como intentando
en vano hacerme invisible. Tanto era el miedo que me inspiraban esas miradas
que no atinaba ni a escapar. Otras veces, ya sabiendo que lo que había hecho
estaba mal y al sentirlo cerca, corría con todas mis fuerzas hacia el patio. No
era tarea fácil. Los humanos le ponen a los pisos de sus casas un material muy
duro y resbaloso. Tan duro que lastimaba mis patas y tan resbaloso, que antes
de poder moverme del sitio en el que iniciaba la carrera, pegaba tres o cuatro
zancadas en el mismo sitio hasta que lograba afirmarme. Eso lograba que en
ocasiones me alcanzara con algún zapatazo u otro objeto contundente. Por el
contrario, cuando venía corriendo, muchas veces la pared solía hacer de freno
antes que mis patas. De esta forma finalmente recibía mi castigo, aunque de
forma indirecta.
De mi época de cachorro casero, no solo conservo ese sentimiento de
miedo. Conservo algo mucho más fuerte y más nítido que eso. El cariño de una
niña. Su nombre no podría repetirlo, aunque si lo escuchara nuevamente, lo
recordaría. Por otra parte, quien quiere aprender nombres?. Nosotros recordamos
a las cosas por olores, gustos, sensaciones… algo bastante más amplio que un
simple nombre. Un mismo nombre puede identificar a muchos humanos, pero nuestra
clasificación de las cosas es mucho más compleja y específica. E identifica a alguien
o algo en particular. Hablamos de determinada rosa, no de cualquier rosa, sino
la que adorna tal jardín, donde no solamente hay rosas, sino también nogales,
fresias, barro y tantas cosas. Esa rosa de ese jardín, claramente es diferente.
Todas las cosas vivas o inertes huelen y se sienten distinto. Ella (la niña de
la que hablo) olía a una mezcla de jazmines, leche chocolatada y ese olor tan
peculiar que tienen algunos cachorros de hombre… Lo llamativo de ella era
precisamente que no era tan cachorra. Se diría que casi una mujer joven. Pasaba
horas conmigo. Ya sea jugando, acariciándome, o bien haciéndonos compañía
mutuamente al sol de las tardes de primavera. Ella con un libro en su regazo, y
yo observándola. Extasiado. Nada podía pasarme a su lado sino cosas buenas. Era
la única de la casa que siempre me sorprendía. Con una caricia, con una
golosina, con algo del almuerzo, con un beso. Gracias a ella conocí sabores,
olores, sensaciones y cosas tan placenteras que se debe aproximar a lo que
ellos llaman felicidad.
Esa casa tenía una puerta
lateral que comunicaba el patio con el exterior, con la calle. Casi siempre
permanecía cerrada. Me embriagaba una gran curiosidad saber qué había del otro
lado, al cual accedía parcialmente apoyando mi cabeza de lado contra el piso y
arrimando mi hocico buscando absorber los olores que de allí provenían. Las
flores del tilo de enfrente, otros perros que pasaban con frecuencia por la
puerta que me gritaban para hacerme saber que no debía ingresar en su
territorio, o bien se acervan parea darse a conocer. Los vapores de
combustibles emanados de los vehículos que pasaban, el agua estancada de la
calle, los chicles que los niños pegaban contra el escaloncito que separaba el
nivel de la casa del de la vereda… Cuando la niña no estaba, pasaba mucho rato
con la oreja derecha contra el frío del piso espiando el mundo. Las pocas veces
que se abría la puerta, me abalanzaba hacia ella, tratando de beber de golpe lo
que ocurría del otro lado. Lamentablemente siempre había quien detuviera mi
carrera. El dueño de casa con sus gritos o alguna patada bien dirigida o bien
la niña que me alzaba, me besaba, me estrujaba contra ella y me hacía olvidar
por un rato que había una puerta y un afuera. Digo lamentablemente, porque de
haber podido conocer mejor los alrededores, habría podido volver. Si lo hubiera
deseado.
Hubo un día que logré atravesarla y salir. Fue la única vez. Ocurrió
una noche en que se había juntado mucha gente en la casa. Yo era algo así como
la novedad, no tenía un año de edad (un año de los hombres, que no sé por qué
extraña relación matemática nos adjudican siete por cada uno de ellos, como si
viviéramos en mundos distintos). Muchas de esas personas que no me conocían, me
agarraban, me estrujaban contra sí, se peleaban por tenerme alzado cuando lo
único que deseaba era quedarme quieto, debajo de la mesa que había colocado en
el patio (en “mi” patio) y poder agarrar algo de lo mucho que caía de ella.
Especialmente del lado de los más pequeños que insistían en alimentarme y yo,
en dejarme alimentar. Mucha gente, muchos brazos, muchos olores juntos en un
enjambre de sensaciones tal, que a la fecha, no sé si podría identificar a
algunos de ellos de tan numerosos y diversos. De pronto comenzaron unos ruidos
que antes nunca había escuchado. Explosiones. Explosiones y luces por todos
lados. En el cielo, en lo de los vecinos, en la calle. Me hacían doler los
oídos y me desesperaban. Ladraba pidiendo que se callen por un momento pero
parecía peor, más y más explosiones, más y más luces en el cielo y afuera y
hasta dentro de casa. Y yo corriendo por
el patio y ladrando desesperado. Hasta que vi la puerta abierta. La puerta
lateral de la casa estaba abierta de par en par porque todos los que allí se
encontraban en un momento salieron hacia la vereda. Parecía como si esas luces
y explosiones, los llamaran. En ese momento no sentí curiosidad, me ganó la
desesperación. De otra manera, hubiera husmeado en las cercanías y luego de un
rato, vuelto a mi sitio. Fue desesperación lisa y llana. Vi la puerta abierta,
corrí hacia ella y salí. Escuché que a mis espaldas me llamaban pero ya había
agarrado tal velocidad y los ruidos eran tan intensos, que no pensé. No sé si
corrí minutos, horas o días. Sí recuerdo haberme tirado exhausto, en una plaza,
ya amaneciendo, cuando los ruidos eran cada vez menos y más espaciados. Y me
dormí. Y desperté a otra vida. Tan abrupta y desordenada fue mi carrera, que no
pude observar el camino para regresar. Y sucedió lo que sucede con las cosas
que pasan a un lado y uno no se detiene a contemplar. Se pierden en la memoria
No recuerdo hace cuánto tiempo pasó eso. Los animales no somos muy
buenos en eso de medir los tiempos. Pasé mucho tiempo (años?) inetntando buscar
el camino de regreso. Años husmeando por todas las calles, jardines, esquinas,
plazas intentando encontrar el aroma de la niña, de “mi” niña. Nada. Ni rastros
de un aroma familiar. Por momentos creía encontrarlo y allá iba corriendo hasta
el sitio y me encontraba con otras niñas, con otras personas. La ilusión que me
generaban esos olores y poder volver a verla eran directamente proporcionales a
la desazón que me invadía al comprobar que no era lo que buscaba. Creí
encontrarla miles de veces, tantas veces que difícilmente logre enumerarlas.
Esos desencuentros, sumados a los golpes recibidos quién sabe por qué razón,
por gente que no conocía, me fueron endureciendo con el correr de los años.
Lo que sí puedo asegurar es que he estado muchísimo más tiempo en la
calle que en esa casa. Y fueron tiempos muy duros. Aprendí a desconfiar de las
personas. No todas las que se acercaban amistosamente, se comportaban de la
misma forma una vez que me tenían en sus brazos. No soy muy grande, de modo tal
que si logran agárrame, no tengo muchas formas de defenderme. De modo que he
sido objeto de muchos brutales ataques de niños y de grandes. He mordido a
muchos, claro. Hasta sospecho que algunos de ellos tenían buenas intenciones,
pero luego de tantas malas experiencias, no podía arriesgar. El último tiempo
empecé a atacar antes que me lograran atrapar. De modo que aprendí a gruñir a
todo lo que se me acercaba. Aún las viejitas que me dan de comer muchas veces
siento que me temen. Dejan algo de comida en la puerta y se alejan. No he
aprendido a diferenciar las buenas de las malas intenciones como hace ella.
Cuando hablo de ella, claro hablo de mi compañera. La que me enseñó a buscar
comida en la calle, entre los deshechos que arrojan los humanos. La que me
enseñó a escapar antes de que las cosas que compliquen y a enfrentar las que
podían ser enfrentadas. La que me acompañó en las batallas perdidas, como en
las ganadas. La que huele a barro y humedad pero también a naranjas y a tilo y
a jacarandá. Con la que nos acurrucamos en el frío del invierno para soportarlo
y la que se ocupa de espantar a los otros perros callejeros cuando se acercan a
robarnos la comida, ahora que apenas puedo moverme. Ella sabe lo que fui y lo
que soy y me acepta.
Y llegamos al ahora. Preguntándome todos los días de mi vida qué
hubiera sido de mí si no corría tanto esa noche. Si soportaba estoicamente los
ruidos y me quedaba en casa. O si no hubiese atravesado la puerta. O si no
hubiera habido puerta. Quién sabe?. Si me hubiera quedado con la niña que me
mimaba y me traía golosinas y juguetes y me comportaba con el dueño de la
casa…. Como la extraño!. A lo mejor si me hubiera quedado no sería un viejo tan
resentido. En eso pensaba, cuando de repente sentí algo que hacía mucho tiempo
no sentía. Alguien acariciaba mi cabeza, me hablaba. A mí. Lo que más me
sorprendió de mí es que no atiné a morderlo como era mi costumbre. Ni a mirarlo
siquiera. No necesitaba volver la cabeza para reconocerla. Conservaba el olor a
jazmines, a leche chocolatada y a niña. O mejor dicho a inocencia. Supe que era
ella. Con otro tamaño, otra ropa, otros olores que intentaban disfrazar su
fragancia original, pero sin dudas era ella. Y al instante supe dos cosas. Que
no había cambiado y que no me había reconocido. Me entregué por unos breves
minutos a su juego. Luego se incorporó, acarició brevemente a mi compañera y se
fue. Me incorporé con dificultad y la vi alejarse, mientras sentía a mi
compañera lamerme el hocico. No había nada que explicarle, la había reconocido
también. Cuando por fin desapareció de mi vista supe una tercera cosa. Todo
había valido la pena.
Definitivamente mi niña era un punto a favor de la humanidad. Y sí,
mañana me le acerco a la vieja que nos deja la comida moviendo la cola. A lo
mejor me acaricia y puedo empezar a conocerla.

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