miércoles, 31 de julio de 2013

Inundaciones - Lidia

                Antes de ser “la de cama 6” era Lidia. Lidia ya tenía ochenta y tantos años. Nunca decía cuan largo era el “tantos”, ya era suficiente decir que tenía ochenta. Siempre consideró que era una mujer feliz. Satisfecha con sus logros, al menos. Cumplió con todo lo que ella esperaba de la vida y, por qué no, lo que su familia esperaba de ella. Tuvo una infancia feliz, en un ambiente casi campestre. Si bien siempre vivió en la ciudad de La Plata, cuando ella era chica el barrio de La Loma era casi, casi una región rural a pesar de hallarse a escasas manzanas del cuadrado que forma el casco urbano de la ciudad. Calles de tierra, pocas casas en la manzana con fondos amplios, quintas, puertas abiertas, cerradas con el único objetivo que no se escaparan los animales. En esa zona transcurrió su vida. Con sus dos hermanas y su hermano jugando en las zanjas, atrapando ranas, mirando las luciérnagas en verano, con la música de las chicharras de fondo.
Allí también, ya más grande conoció a Jorge, quien luego sería su marido. Jorge vivía a unas dos cuadras de su casa. En esos tiempos y en esa zona, las cuadras eran estimativas, las manzanas irregulares dado que muchas quintas se encontraban abarcado lo que hoy son calles. Jorge era el mayor de tres hermanos y, por cierto, mucho mayor que ella. Cuando ella comenzó la escuela, Jorge ya se encontraba trabajando en la carpintería del padre. Le llevaba diez años. Se sintió atraída hacia él desde la primera vez que lo vio. Siempre recordaba ese día y en cuanto le daban la oportunidad, le gustaba contarlo. Fue una vez que acompañó a su madre a retirar unas sillas que había mandado a arreglar. Eran tiempos en que todo se arreglaba y era eterno. Eran tiempos en que era impensada la casa sin las mismas sillas que la habían amoblado desde sus inicios. Las sillas en cuestión tenían el asiento de esterilla, que con cierta frecuencia requerían un cambio. Y el padre de Jorge se encargaba de eso. Y de hacer muebles nuevos, barnizarlos… En cierta forma, se encargaba de eternizar las cosas, manteniéndolas como recién compradas, sin que nadie, excepto la familia que conocía los detalles de cada mueble, notara la diferencia. Así lo conoció. Esperando que trajeran sus renovadas sillas. Ella tendría unos seis años. Tal como les había sido asegurado, las sillas estaban listas en el momento previsto. El señor Francisco (el padre de Jorge) siempre cumplía con sus plazos. A veces eso lo obligaba a trabajar hasta muy tarde y comenzar muy temprano, pero si daba una fecha, cumplía. No le gustaba que lo apuraran, tampoco. “Un trabajo bien hecho, lleva tiempo” solía decir, “si lo quiere rápido y mal, vaya a otro lado”. Nunca lo decía, pero no habían muchos “otros lados” en ese tiempo. Se refería a un carpintero en particular a quien obviamente conocía… Y no le tenía aprecio. No le gustaba la gente que prometía lo que no podía cumplir y, mucho menos, la clase de gente que por ganar un poco más de plata, desvalorizaba su trabajo. Sus clientes, mayormente vecinos, valoraban eso. Y no se les ocurría ir a buscar sus pedidos antes de la fecha pactada. A veces lo hacían después, generalmente porque no tenían el dinero y les daba vergüenza no cumplir con él, no estar a su altura, pero nunca antes. Así que ahí estaba una Lidia de seis años y su mamá, viniendo a buscar sus sillas, en la fecha pactada.
-          Buen Día, Señora!. Veo que vino muy bien acompañado – Dijo Francisco casi alegre dirigiéndole una mirada tierna a Lidia
A Francisco le gustaba cumplir con sus clientes y también le gustaba cuando sus clientes cumplían con él. Y le gustaban los niños, especialmente las niñas. Tuvo tres varones pero la nena nunca le llegó.
- Buen Día, don Francisco. Ella es Lidia. Quería venir a conocer la carpintería. Vió como son de curiosos los chicos…
Lidia paseaba por el taller que hacía las veces de negocio también. En realidad, más que la carpintería en sí, lo que le interesaba era algo en particular. Una casa de muñecas, que, se decía, don Francisco había hecho para su hija. La hija que nunca llegó. Hacía como que miraba muebles y sillas y bibliotecas, sin atreverse a tocar nada.
- Así que Lidia, eh?. Te gustan las cosas que hago?
- Si, señor – Contestó apenas, recorriendo todo el local con la mirada – mucho
-   Y te gusta jugar?
- Si! – La cara de Lidia brillaba
- Querés que te muestre unas cosas que hice?
- Si!!! – Dijo casi gritando.
- Vení conmigo, venga señora – dijo dirigiéndose a la madre – de paso vamos a buscar las sillas.
Caminaron algunos metros, salieron al patio. Un patio enorme, impensado en la ciudad de La Plata del siglo veintiuno, pero corriente para la época. Y las llevó al galpón del fondo. Mesitas, sillas, roperos en miniatura. Toda una casa en miniatura.
- Te gustan?
- Muchísimo
- Querés una sillita?
- Siii!!!
 - Elegite una
- Ya tengo su trabajo hecho – dijo cambiando bruscamente de tema y hablándole a su madre. Dirigió su cabeza hacia atrás y llamó - Jorge!! Traeme las sillas de la señora. Son las de roble que están al lado de la mesa de don Cosme. Pedile a tus hermanos que te ayuden.
Jorge entró con una pila de cuatro sillas. Nunca supo cómo las había apilado, ni cómo las levantaba. Era grandote, fornido y no llamaba la atención que pudiera hacerlo. No eran como las sillas de ahora, que podés llevar de a cuatro en cada brazo. Eran pesadas en serio. Además le gustaba demostrar de cualquier forma posible, que era un hombre fuerte. Lo primero que vio fueron dos piernas y dos brazos que sostenían una torre de sillas que ocultaban el resto de su humanidad. Sintió curiosidad por él desde el momento que lo vio. Parecía, como siempre le pareció, que siempre tenía algo más para mostrarle, un aspecto desconocido y hermoso de su persona. Y la primera vez no podía ser la excepción. Esperó unos segundos que se le antojaron eternos hasta que depositó las sillas en el piso y pudo verle el rostro. Si bien era muy pequeña como para pensarlo de esa forma, Lidia siempre decía que se enamoró de él en ese instante. Era enorme y hermoso, cualidades que nunca pensó y nunca volvió a ver en otro hombre. La deslumbraron sus ojos marrones, su cara varonil a pesar de la corta edad, los brazos musculosos, que se insinuaban debajo de la camisa. Lo impactó tanto que apenas vio a sus otros dos hermanos, algo más tímidos para el esfuerzo, que traían una silla cada uno y protestando por lo bajo.
-          Jorgito, haceme el favor, le llevás las sillas hasta la casa a la señora? Vive en frente de lo del Aldo, viste? Esa casa con el ombú en la entrada?, ahí. Te ubicás? Que te acompañen tus hermanos
Don Francisco siempre le hablaba a Jorge. Parecía como que los dos hermanos fueran sus empleados, a quienes no valía la pena ni dirigirles la palabra. Alcanzó a ver la cara de los dos chicos, entre enojados por el encargo y desilusionados por no poder continuar jugando en la calle.
-          Sí, sí. Conozco la casa. Siempre veo a las nenas jugando en la puerta – dijo echándole una mirada a Lidia, luego les dirigió la mirada a sus hermanos -  Vamos muchachos?
El recorrido entre el taller de Francisco y la casa fue tan corto. A Lidia le hubiera gustado que el tiempo se detuviera ahí. Jorge era tan ocurrente. Todo le causaba gracia y sabía cómo hacer reír a los demás sin que se sintieran incómodos. Hasta la madre la madre de Lidia, siempre medida en todo, se reía de las cosas que las cosas que decía. Desde el trabajo de taller, los vecinos, sus hermanos. Sus hermanos, ni bien supieron que la tarea asignada era ineludible, salieron disparados por la puerta, con sendas sillas en sus manos
-          Vayan despacito, che. Que si se les caen, las van a tener que arreglar ustedes!! – Les gritó Jorge – Con las patas, porque con las manos siempre hacen macanas
Si bien su reto logró hacerles disminuir la velocidad, los chicos siguieron con paso rápido. Mientras Jorge, Lidia y su madre iniciaban la marcha. Los tres, casi hombro con hombro. Hombro con hombro es un decir, Lidia apenas le llegaba a altura del pecho a la madre que iba a su izquierda y al lado de ella Jorge, que no paraba de parlotear. Y Lidia asomándose  por delante de las ondulaciones del vestido de su madre para verlo a él. Y mostrando orgullosa, su sillita.
Siempre recordaba ese momento. Y siempre se lo recordaba a Jorge. Y Jorge siempre le decía lo mismo. “Eras una nena!, yo ni te registré”. Lidia sabía que era mentira. Siempre buscaba excusas para pasar frente al taller, sola, con sus hermanas o con las amigas del barrio. Más de una vez, su madre le decía
-          Dónde fuiste a comprar papas? A Buenos Aires? Si la verdulería queda acá nomás?
Es que cada vez que salía daba un rodeo y pasaba por la carpintería. A veces lo veía y lo saludaba. Y eso nomás alcazaba para mantenerle la sonrisa durante toda la mañana. Jorge respondía con un saludo breve y su sonrisa, esa que le dedicaba a ella sola. Y siempre algún piropo que la hacía sonrojar. Siempre educado, sin faltar el respeto. Esos días llegaba a casa radiante. Si le tocaba cocinar, hacía su mejor plato y estaba todo el día de buen humor. Cuando no lo veía, era terrible. Todo parecía teñido de negro, todo le caía mal, le molestaban los comentarios de los demás y hasta se atrevía a protestarle a la madre. Más de una vez se ligó un reto, cuando no un sopapo, por esta causa. Pero no le importaba, no podía controlarlo. A sus hermanas y amigas al principio le llamó la atención que para jugar a las escondidas o salir a pasear, los recorridos pasaban, sospechosamente, siempre había alguna excusa para pasar por la puerta de la carpintería. De ida y de vuelta. Hasta la segunda o tercera vez que la sorprendieron saludando al hijo del carpintero y allí comprendieron todo.
-          Te gusta el hijo del carpintero!! –
-          Noooo, que va. No me gusta ni un poquito – Pero sus cachetes siempre se ocupaban de contradecirla.
Pasaron años así. Sus amigas, sus hermanas, todo el barrio sabía, en secreto, que a Lidia le gustaba Jorge. Y lo esperó. Quizás él también la esperó a ella, a que fuera grande, hasta que se animó a declararse. Ella ya tenía dieciséis años. Y un año después se casaron. Siempre estuvo enamorada de Jorge, nunca pudo ver otro hombre. Cuando alguien le hablaba de tal o cual galán de telenovelas, siempre les contestaba
-          Eso porque no conocieron al Jorge de chico. Ninguno de esos galancitos de la tele se le compara. Ni antes ni ahora, con los años…
Él siempre se ocupaba de decir que le había ganado por cansancio. Le decía gorda (a ella que nunca tuvo un gramo de más), que tenía mal genio y cosas por el estilo. A ella lo divertía. Era la forma que tenía de decirle que la quería.
-          Tenía miedo, che. Estoy seguro que si no me le declaraba, un día me iba a ensartar uno de esos cuchillos que usaba para cocinar. Si fuera por mí… Sabés las minas que tenía
-          Andá, si siempre me mirabas a mi
Ambos lo sabían. Nunca habían querido estar con otra persona. Así fue siempre. No tuvieron ni más, ni menos problemas que otras parejas de su edad. Pero siempre mantuvieron su amor por el otro. Como Don Francisco, reparando sus muebles. Tuvieron tres hijos Laura, Liliana y Francisco. Se pelearon un poco por el nombre Francisco. A ella no le gustaba. Cuando nació Francisquito, ya Don Francisco había comenzado su lenta decadencia. Le parecía una falta de respeto hacia su suegro a quien quería tanto. Quien al cabo de tantos años había encontrado en sus nietas (las hijas de Lidia), la oportunidad de colmarlas de roperitos, mesitas, sillitas, toboganes y todo lo que le pedían
-          Dónde vamos a meter esa casa de muñecas ahora? – Decía Lidia entre enojada y envidiosa de ss hijas que habían conseguido el único tesoro al que ella no había accedido de niña

Y aparecía Don Francisco, quien ya tenía la respuesta aguardandando en su taller, todavía funcionante, aunque hora manejado por Jorge. Francisco había uno. Pero comprendió el pedido de Jorge. Y aceptó. Aunque siempre lo llamó Pancho, cosa que le disgustaba a padre e hijo.

Decía que Lidia se consideraba una mujer feliz. Hasta ahora. No podía asegurar cuánto tiempo llevaba siendo “cama 6”. Vagamente se acordaba haberse sentido mal, mareada. Siempre encontraba una causa para sus malestares. Que fue el choclo que comimos, que hice fuerza cuando levanté a Joaquín (uno de sus nietos), que el disgusto que me llevé el otro día en la carnicería… Esta vez no alcanzó a adjudicarle a nadie ni a nada su malestar. Perdió el conocimiento y se despertó en la clínica. Se despertó es una forma de decir. No podía abrir los ojos ni se podía mover. Sus movimientos respiratorios fueron reemplazados por una máquina. El despertar fue lento y discontinuo. Tenía momentos de mayor y otros de menor lucidez. Aprendió a agudizar sus oídos y su tacto. Escuchaba como en un sueño, al punto que muchas veces no sabía si estaba soñando o estaba pasando de verdad. Las visitas de sus familiares que en un principio le parecían brumosas y confusas, cada vez fueron más claras para ella. Identificaba quien venía y qué le decía. Y le hablaban y ella escuchaba sin poder responder.
-          Porqué esto?-  Se preguntaba – Qué fue lo que hice tan mal?. No puedo morirme y ya, sin tener que ver a mi gente sufriendo?
Así comenzó a descubrir cuando médicos y enfermeros hablaban de ellas, algunos con más aires científicos otros más campechanos. Así pasaron cambios de antibióticos, sondas, alimentaciones parenterales… Y otras cosas cuyo significado desconocía.
Escucho los ruidos propios del horario de visitas. Y sintió el taconeo inconfundible de su Laura. Comenzaba la tortura. Era extraño porque la torturaba ver a su familia sufrir, pero por otra parte, era lo único que la conectaba a la vida.
Laura lloraba todo el tiempo que estaba con ella, todos los días desde que podía recordar. Tan exagerada para todo esta Laura. Antes, cuando eran chicos, era la alegría de la casa, la de los chistes y el buen humor. Eso lo había heredado del padre, sin dudas. Pero con una labilidad emocional que a veces la irritaba. Pasaba de la euforia al llanto en pocos minutos sin una causa justificable. Pero ahora, desde que Lidia estaba allí, todo era llanto. Sabía que su llanto era sentido y verdadero, pero estaba tan acostumbrada a escucharla llorar a veces era como escuchar llover. Sentía cómo la acariciaba, el rostro, el pecho, le frotaba los pies… Le gustaba que Laura la acariciara. Y le hablaba de cuanto la extrañaba, de cuánto la quería. Trataba de no escucharla pero no podía.  Trataba de recordarla alegre, ingeniosa. Como la niña menor que era. Le dio un beso en la frente y se fue. En un rato llegaría Liliana.
Liliana no lloraba, era fuerte. Liliana le hablaba. Le contaba de sus hijos, de las notas en el colegio, de los vecinos. “A que no sabés quien se separó” y le contaba de la vecina de enfrente, tan seria que parecía y que tenía una vida paralela con el carnicero y que los habían encontrado. Liliana le hacía bien. Pero la conocía. No le hablaba de Ofelia la vecina de la esquina tan amiga de Lidia y que tan enferma estaba. No le hablaba de Jerónimo el amigo de Jorge, también de su edad… Y no le hablaba de su Jorge. Más que lo que le contaba, le preocupaba lo que no le contaba. Y sabía, por el timbre de su voz que lo que se guardaba para ella no era bueno. Sentía ganas de decirle lo mucho que apreciaba su charla. Más sentía no poder decírselo.
Francisco era el más formal de los tres. Se acercaba, le acariciaba la frente. Ella lo sentía al lado aunque no hablara. Él hablaba más de sus cosas y de sus hijos y de sus nietos, los bisnietos de Lidia. Sabía que Lidia adoraba los niños. Le contaba sus travesuras, sus ocurrencias. Joaquín ya camina y se la pasa sacando cosas del bajo mesada y que Ana había comenzado a parlotear como un loro y por momentos se le quebraba un poco la voz y tosía un poco antes de continuar. Por más duro que se hiciera, ella sabía que no lo era y que quizás, era el que más sufría.
Fin de la sesión del día, pensó. Pero Francisco le dijo que había alguien que quería verla. Y se fue un momento. Lo reconoció apenas cruzó el umbral de la puerta, lo sintió antes de escucharlo. Y lo sintió antes que la toque Sus pasos, su respiración. Por un momento quiso que no fuera, que sea otra persona por favor, no puede verme así. Pero era. La persona que más y que menos quería que estuviera con ella en ese momento, la habían traído. Ya lo conocía a su Jorge. Este les debe venir rompiendo las pelotas desde que me internaron, no se banca más. Qué hombre terco, por Dios!. Que mierda tiene que venir a hacer acá!. Lo sintió llegar con su paso cansino de hombre de noventa años. Francisco dijo algo que no necesitaba ser dicho
-          Vino papá a visitarte, mami
Cómo si no lo conociera. Jorge tomó entre sus manos, la mano derecha de Lidia. Lo sentía temblar. Sentía sus palmas húmedas. Su respiración entrecortada, luchando por no sollozar.
-          Decime algo, por Dios – Pensó Lidia – Decime que ya conseguiste cocinera
Jorge, el de las salidas ocurrentes, tenía una broma que repetía desde que ambos vivían solos, ya casados todos sus hijos. Solía decir que tenían un pacto entre ellos. Él se moriría primero sino, no iba a poder bancar alguien que cocinara tan rico como Lidia. Se moriría de hambre. Liliana siempre salía a decirle que ella le cocinaría. Era el momento en que él no tenía respuesta. Liliana era su debilidad. Era la única que podía enfrentarlo y convencerlo de lo  que nadie podía. Fue la que logró hacerlo entrar en el quirófano para operarse de próstata cuando sólo parecía que muerto lo iban a lograr.
Silencio. Jorge tenía su mano derecha entre las suyas. La acariciaba y la besaba y Lidia sentía su sufrimiento en carne propia. Como esa vez que internaron a Liliana y estuvo en terapia con una infección en los pulmones. Fueron los únicos días que Jorge no habló. Ni probó bocado. Lidia lo abrazaba por las noches y lo sentía temblar. Le habían tocado a su princesa y no podía ni tenerse en pie. Hasta que Liliana no estuvo de nuevo en casa no volvió a hablar ni a comer. Así lo sentía ahora. O peor. Sentía el temblor de sus manos sosteniendo la suya, sus dedos, torpes ya por la artrosis, acariciando su mano. Su respiración agitada entrecortada por el sollozo. Por favor, Jorge, decime algo. Estás delagado, Jorge, déjate de joder y comé un poco. Francisco forcejeó unos segundos y se lo llevó de la habitación. Podía con todo lo demás. No pudo con el silencio de Jorge. Fue en ese momento que elevó su pensamiento, y miró hacia arriba y suplicó con todo lo que le quedaba de fuerzas. Hacía mucho que no rezaba, ya no sabía ni cómo era. Todo se le había dado en la vida tan bien y tan natural, que nunca se sintió en la necesidad de pedir. Hasta cuando Liliana estuvo enferma, ella sabía que lo iba a lograr. Esto era distinto
-          Por favor Señor, nunca te pedí nada. Basta de esto. No puedo más

-          Parece que se largó, nomás
-          Viene amagando hace como dos semanas, era hora
Se sentía el golpetear de la lluvia contra los vidrios. La lluvia y el viento de afuera y la charla inesperada de los enfermeros de adentro, despertaron a Lidia de su llanto interno.
-          Dice la radio que Buenos Aires se está inundando
-          Últimamente se inunda seguido por allá.
La lluvia iba en aumento. Lidia sentía la violencia del agua golpeando contra los vidrios, hasta podía asegurar que la oía discurrir por la calle, que estaba unos pisos por debajo de donde ella se hallaba. Por momentos hasta superaba el ruido que hacía su respirador.
-          Che, se está inundando la calle, mirá
-          Uy, cierto, está de vereda a vereda. Menos mal que estamos arriba y
-          Se cortó la luz!!, doctor, venga, que se cortó la luz
-          Ya están prendiendo el grupo electrógeno, apaguen las alarmas de donde están yo me encargo de las de este lado
-          Y si no anda el grupo electrógeno
-          Eeeeee!!! Que pájaro de mal agüero! Cómo se va a apagar! Igual cada máquina tiene una batería que un tiempito anda como para…
Una explosión que provenía de abajo
-          Se cortó de nuevo!!!
-          No se ve nada!!!
-          Inés, andá con la chiquita de cama 3 que no veo las luces del equipo, , Juan, avisá urgente para derivar a los pacientes
-          Cuáles?
-          Todos!!!! No hay luz, no van a durar mucho sin ningún tipo de electricidad
Los siguientes minutos fueron todo confusión, gritos desesperados, gente corriendo, camillas yendo y viniendo, sirenas de ambulancias y lluvia torrencial afuera. Escuchó que estaban derivando los pacientes a otras terapias. Cama 2 primero, catorce después y así uno a uno, los fueron llevando
-          Nos quedan cuatro pacientes doctor, somos tres para bolsearlos…
Lidia miró nuevamente al cielo y creyó escuchar una respuesta
-          Yo me quedo con cama 9, Juan, andá con la 12, Inés a la 4
-          Y la de cama 6?
-          Que Dios me perdone, pobre Lidia. Aunque no pasara esto, no creo que hubiera podido zafar. Vamos, vamos, no pierdan tiempo
Lidia sintió que por fin dejaba de ser cama 6 y volvía a ser ella. Sintió su aparato apagarse bruscamente luego de un sinfín de ruidos de alarmas. Y mientras disfrutaba de su última bocanada de aire artificial, supo que Dios existía. Y que  la había escuchado.



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