CRUCES
“¿A quien se le ocurre esto de vender
cuchillos en la calle?”- pensaba Juan. Promediaba la tarde de un día extenuante.
El sol de enero incendiaba el asfalto de la ciudad. Transcurría la octava hora
de deambular de un semáforo a otro en una muy transitada avenida que era
atravesada por una calle lateral medianamente concurrida. Esta semana le habían
entregado para vender cuchillos. Demasiado grandes, demasiado brillantes,
demasiado coloridos como para utilizarlos en un vulgar asado. A primera vista
no le impresionaba de utilidad. En realidad tampoco le había visto mucho
utilidad a unas calculadoras que había estado vendiendo a principios del año
lectivo y sin embargo se vendieron como pan caliente. El dinero recaudado en esa
oportunidad le había permitido a su familia comer dos semanas seguidas sin
mayores sobresaltos. Trabajar en la calle tenía sus riesgos. En varias
oportunidades estuvo a punto de ser atropellado por gente que parecía ignorar que
él era uno de ellos. En los años que llevaba trabajando en la calle había
aprendido algunas cosas. Entre ellas que debía estar atento, ya no al cambio de
señal del semáforo sobre el cual se hallaba vendiendo, sino el de las calles
laterales. Los automovilistas ya no esperan que su semáforo se ponga en verde.
Alcanza con que se ponga en rojo el de quien los puede embestir. Todos andan apurados, y claro, no hay tiempo
para observar si se cruza alguien o algo. Tenía la sensación que cada vez era
más algo que alguien. A pesar de eso, su mayor temor no era perder la vida,
sino sus piernas. Era el sostén de sus hermanos, su pareja y sus hijos. Hasta la
más pequeña de sus hijas tenía problemas de salud. Una semana en el hospital y
todos morirían de hambre, solía decirse para darse coraje y comenzar así un
nuevo día. Sí, prefería morir. Hasta incluso pensó que hasta lo deseaba.
-
“Cuchillos a quince pesitos nomás,
mire que calidad” – Seguía pregonando. No parecía ser un artículo muy popular
ese verano.
“Sin
dudas uno de los mejores días de mi vida” se dijo Facundo mientras saludaba a
los últimos compañeros de trabajo que se cruzó por el camino e ingresaba a su
coche. “Sino el mejor”. Se quedó sentado frente al volante con una sonrisa de
satisfacción en el rostro. Repasó su día. Ya desde temprano se vislumbraban
detalles del cuadro que ahora creía ver completo. Se levantó a las seis de la
mañana como todos los días. Esta vez, María, su esposa, lo esperaba con el
desayuno. No era lo corriente, ella siempre le gustaba quedarse un rato más en
la cama antes de ir a su trabajo que quedaba mucho más cerca, en la misma
ciudad. “Estoy embarazada” Le dijo. Hacía tiempo que lo buscaban. Dos largos
años para ser precisos. Dos años desde que habían convenido que ya estaban
dadas las condiciones para traer un hijo al mundo. Se abrazaron largo rato.
Hacía tiempo que estaba en la calle.
Primero mendigando, luego vendiendo. Nunca robando. Se negaba a aceptarlo. Incluso
hoy, prácticamente sin dinero recaudado, cinco hijos que alimentar, dos
hermanos que dependían de él y Jessica, claro. Su única hija, nacida
precozmente producto de las complicaciones del embarazo de su madre. Por más
explicaciones que le hayan dado los médicos, él sabía que su mujer no se había
alimentado correctamente. Y se sentía responsable. El garabato que su hija le
había regalado y que siempre llevaba en el bolsillo izquierdo de su camisa le
pesaba una tonelada. Debía comprarle los remedios y él seguía sin vender estos
malditos cuchillos…
Ese
día llegó temprano al trabajo. Como casi siempre, llegaba temprano y se
retiraba tarde. Nunca cumplía las famosas ochos horas de jornada laboral.
Siempre pasaba entre 10 y 12 horas en su oficina. Eso sin contar la hora y
media larga de trayecto hasta la capital (y la vuelta) y el celular siempre
encendido. Y sonando. Era frecuente que durante los fines de semana se la
pasara respondiendo llamados y mails de su empresa. “Esclavo virtual” lo
llamaba María medio en broma, medio en serio. Todo ese esfuerzo, ese tiempo sin
ver a su mujer ni a sus amigos ni al reto de su familia, hoy habían rendido sus
frutos. Como si de golpe todo lo que había sembrado hubiera florecido. Había
logrado el tan logrado ascenso. La casi duplicación de su ya abultado salario.
Claro que las responsabilidades ahora serían mayores, si cabía. Reuniones de
negocios, con políticos, negociaciones a otro nivel.... Prefería no pensar en
eso en este momento. Ya habría tiempo para disfrutar. Aún no arrancaba su
coche. Lo apreció. Parecía mentira que nunca se hubiera detenido a observarlo
en estos seis meses desde que lo había retirado del concesionario. Por primera vez
disfrutaba los cien mil dólares que le había costado. Lo observó en detalle,
respiró hondo y lo puso en marcha.
La
desesperación estaba comenzando a ganarle la partida. Había trabajado toda la
semana, no había descansado los fines de semana y lo poco que había conseguido
apenas alcanzaba para parar la olla. El calor parecía freirle los sesos, pero
más le pesaba el bolsillo izquierdo de su camisa. No alcanza, todavía no. “A
quien mierda se le ocurre vender cuchillos en pleno enero”, pensaba intentando
culpar a alguien. La mercadería que llevaba debía pagarla o devolverla al final
del día. Hacía tiempo que no tenía una semana tan mala…
Manejó
por la autopista con una tranquilidad que lo asombró a él mismo. No le
importaron los bocinazos e insultos que recibió durante todo el trayecto por
retrasar la marcha de los demás. Hacía tiempo que no conducía a una velocidad
reglamentaria y por el carril de la derecha. De hecho, era la primera vez que
lo hacía. Siempre apurado por llegar a su trabajo o a su casa, apurado por trabajar
o dormir (raramente llegaba con ganas de algo más a su casa). Ni siquiera había
encendido el aire acondicionado. La ventanilla baja, el codo asomando por ella y
el viento cálido que acariciaba sus mejillas eran suficientes para paliar el
agobiante calor…
Encima
se burlaban de él. De sus desgracias. ¿Qué había hecho para estar en esta
situación?. Lo único que le venía a la mente era haberse negado a ser
delincuente. Y los coches que ni siquiera bajaban la ventanilla, lo repelían
como si fuera a contagiarles sus desgracias. El sudor parecía correrle a
chorros por el cuerpo. Sus manos apenas podían sostener su mercadería. “Quince
pesos nomás, que te cuesta, mirá el auto que tenés, la…” No alcanzaba
generalmente a terminar el insulto que ya arrancaban. De hecho no le servían ni
siquiera de desahogo. “Yo me voy, Juan,
hoy no vendemos nada”. Hasta su compañero de toda la vida lo dejaba solo hoy. ¡Qué
día de mierda!. Apretaba el cuchillo como su fuera desintegrar el mango con el
puño. Pero no podía irse, Jessica lo necesitaba…
Pagó
el último peaje, ya casi estaba en casa. Si bien ya el sol no se veía, su luz
se colaba entre los edificios. Pronto se encenderían las luces de la ciudad, (Ya
había algunas encendidas). Sonó el celular. El trabajo otra vez. Detuvo unos
minutos el coche al salir de la autopista. Otra vez el trabajo. Solo que esta
vez no le molestó, como otras. Resolvió el problema que se le presentó como
solía hacerlo y continuó su camino. Media hora hablando!. Una locura. El sol se
había ocultado. Continuó su camino, disfrutando de cada bocanada de aire
cálido. Se detuvo en el tercer semáforo. Una onda verde de tres semáforos sería
un milagro en esta ciudad tan poco acostumbrada a ellos. Frenó y suspiró
mientras aguardaba. Notó que un vendedor se le acercaba y reconoció en el acto
el producto que vendía.
“Mi
última oportunidad” pensó Juan. Este me salva. “Coche nuevo, ventanas bajas, con
tal de no sentirme el olor a transpiración me lo compra para sacarme de encima.
En una de esas salvo el día”. Se acercó al conductor “Cuchillos a quince pesos…
Por favor, tengo muchos modelos, jefe”. Facundo nunca entablaba contacto verbal
con los vendedores o aquellas personas que en las esquinas se acercaban a pedir.
Siempre estaba ocupado, generalmente hablando por celular y los alejaba con un ademán.
Pero esta vez se sentía más liviano, de mejor ánimo. Reconoció los cuchillos y
levantando sus anteojos oscuros, le dirigió una sonrisa. Sin pensar mucho en
sus palabras dijo “De esos puedo tener los que quiera!”. “Casualmente yo no
quiero el que tengo” Dijo Juan, apretando los dientes, sin poder controlar la
ira que lo invadía. Facundo alcanzó a sentir el frío metal penetrando el cráneo.
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