miércoles, 31 de julio de 2013

Inundaciones - Lidia

                Antes de ser “la de cama 6” era Lidia. Lidia ya tenía ochenta y tantos años. Nunca decía cuan largo era el “tantos”, ya era suficiente decir que tenía ochenta. Siempre consideró que era una mujer feliz. Satisfecha con sus logros, al menos. Cumplió con todo lo que ella esperaba de la vida y, por qué no, lo que su familia esperaba de ella. Tuvo una infancia feliz, en un ambiente casi campestre. Si bien siempre vivió en la ciudad de La Plata, cuando ella era chica el barrio de La Loma era casi, casi una región rural a pesar de hallarse a escasas manzanas del cuadrado que forma el casco urbano de la ciudad. Calles de tierra, pocas casas en la manzana con fondos amplios, quintas, puertas abiertas, cerradas con el único objetivo que no se escaparan los animales. En esa zona transcurrió su vida. Con sus dos hermanas y su hermano jugando en las zanjas, atrapando ranas, mirando las luciérnagas en verano, con la música de las chicharras de fondo.
Allí también, ya más grande conoció a Jorge, quien luego sería su marido. Jorge vivía a unas dos cuadras de su casa. En esos tiempos y en esa zona, las cuadras eran estimativas, las manzanas irregulares dado que muchas quintas se encontraban abarcado lo que hoy son calles. Jorge era el mayor de tres hermanos y, por cierto, mucho mayor que ella. Cuando ella comenzó la escuela, Jorge ya se encontraba trabajando en la carpintería del padre. Le llevaba diez años. Se sintió atraída hacia él desde la primera vez que lo vio. Siempre recordaba ese día y en cuanto le daban la oportunidad, le gustaba contarlo. Fue una vez que acompañó a su madre a retirar unas sillas que había mandado a arreglar. Eran tiempos en que todo se arreglaba y era eterno. Eran tiempos en que era impensada la casa sin las mismas sillas que la habían amoblado desde sus inicios. Las sillas en cuestión tenían el asiento de esterilla, que con cierta frecuencia requerían un cambio. Y el padre de Jorge se encargaba de eso. Y de hacer muebles nuevos, barnizarlos… En cierta forma, se encargaba de eternizar las cosas, manteniéndolas como recién compradas, sin que nadie, excepto la familia que conocía los detalles de cada mueble, notara la diferencia. Así lo conoció. Esperando que trajeran sus renovadas sillas. Ella tendría unos seis años. Tal como les había sido asegurado, las sillas estaban listas en el momento previsto. El señor Francisco (el padre de Jorge) siempre cumplía con sus plazos. A veces eso lo obligaba a trabajar hasta muy tarde y comenzar muy temprano, pero si daba una fecha, cumplía. No le gustaba que lo apuraran, tampoco. “Un trabajo bien hecho, lleva tiempo” solía decir, “si lo quiere rápido y mal, vaya a otro lado”. Nunca lo decía, pero no habían muchos “otros lados” en ese tiempo. Se refería a un carpintero en particular a quien obviamente conocía… Y no le tenía aprecio. No le gustaba la gente que prometía lo que no podía cumplir y, mucho menos, la clase de gente que por ganar un poco más de plata, desvalorizaba su trabajo. Sus clientes, mayormente vecinos, valoraban eso. Y no se les ocurría ir a buscar sus pedidos antes de la fecha pactada. A veces lo hacían después, generalmente porque no tenían el dinero y les daba vergüenza no cumplir con él, no estar a su altura, pero nunca antes. Así que ahí estaba una Lidia de seis años y su mamá, viniendo a buscar sus sillas, en la fecha pactada.
-          Buen Día, Señora!. Veo que vino muy bien acompañado – Dijo Francisco casi alegre dirigiéndole una mirada tierna a Lidia
A Francisco le gustaba cumplir con sus clientes y también le gustaba cuando sus clientes cumplían con él. Y le gustaban los niños, especialmente las niñas. Tuvo tres varones pero la nena nunca le llegó.
- Buen Día, don Francisco. Ella es Lidia. Quería venir a conocer la carpintería. Vió como son de curiosos los chicos…
Lidia paseaba por el taller que hacía las veces de negocio también. En realidad, más que la carpintería en sí, lo que le interesaba era algo en particular. Una casa de muñecas, que, se decía, don Francisco había hecho para su hija. La hija que nunca llegó. Hacía como que miraba muebles y sillas y bibliotecas, sin atreverse a tocar nada.
- Así que Lidia, eh?. Te gustan las cosas que hago?
- Si, señor – Contestó apenas, recorriendo todo el local con la mirada – mucho
-   Y te gusta jugar?
- Si! – La cara de Lidia brillaba
- Querés que te muestre unas cosas que hice?
- Si!!! – Dijo casi gritando.
- Vení conmigo, venga señora – dijo dirigiéndose a la madre – de paso vamos a buscar las sillas.
Caminaron algunos metros, salieron al patio. Un patio enorme, impensado en la ciudad de La Plata del siglo veintiuno, pero corriente para la época. Y las llevó al galpón del fondo. Mesitas, sillas, roperos en miniatura. Toda una casa en miniatura.
- Te gustan?
- Muchísimo
- Querés una sillita?
- Siii!!!
 - Elegite una
- Ya tengo su trabajo hecho – dijo cambiando bruscamente de tema y hablándole a su madre. Dirigió su cabeza hacia atrás y llamó - Jorge!! Traeme las sillas de la señora. Son las de roble que están al lado de la mesa de don Cosme. Pedile a tus hermanos que te ayuden.
Jorge entró con una pila de cuatro sillas. Nunca supo cómo las había apilado, ni cómo las levantaba. Era grandote, fornido y no llamaba la atención que pudiera hacerlo. No eran como las sillas de ahora, que podés llevar de a cuatro en cada brazo. Eran pesadas en serio. Además le gustaba demostrar de cualquier forma posible, que era un hombre fuerte. Lo primero que vio fueron dos piernas y dos brazos que sostenían una torre de sillas que ocultaban el resto de su humanidad. Sintió curiosidad por él desde el momento que lo vio. Parecía, como siempre le pareció, que siempre tenía algo más para mostrarle, un aspecto desconocido y hermoso de su persona. Y la primera vez no podía ser la excepción. Esperó unos segundos que se le antojaron eternos hasta que depositó las sillas en el piso y pudo verle el rostro. Si bien era muy pequeña como para pensarlo de esa forma, Lidia siempre decía que se enamoró de él en ese instante. Era enorme y hermoso, cualidades que nunca pensó y nunca volvió a ver en otro hombre. La deslumbraron sus ojos marrones, su cara varonil a pesar de la corta edad, los brazos musculosos, que se insinuaban debajo de la camisa. Lo impactó tanto que apenas vio a sus otros dos hermanos, algo más tímidos para el esfuerzo, que traían una silla cada uno y protestando por lo bajo.
-          Jorgito, haceme el favor, le llevás las sillas hasta la casa a la señora? Vive en frente de lo del Aldo, viste? Esa casa con el ombú en la entrada?, ahí. Te ubicás? Que te acompañen tus hermanos
Don Francisco siempre le hablaba a Jorge. Parecía como que los dos hermanos fueran sus empleados, a quienes no valía la pena ni dirigirles la palabra. Alcanzó a ver la cara de los dos chicos, entre enojados por el encargo y desilusionados por no poder continuar jugando en la calle.
-          Sí, sí. Conozco la casa. Siempre veo a las nenas jugando en la puerta – dijo echándole una mirada a Lidia, luego les dirigió la mirada a sus hermanos -  Vamos muchachos?
El recorrido entre el taller de Francisco y la casa fue tan corto. A Lidia le hubiera gustado que el tiempo se detuviera ahí. Jorge era tan ocurrente. Todo le causaba gracia y sabía cómo hacer reír a los demás sin que se sintieran incómodos. Hasta la madre la madre de Lidia, siempre medida en todo, se reía de las cosas que las cosas que decía. Desde el trabajo de taller, los vecinos, sus hermanos. Sus hermanos, ni bien supieron que la tarea asignada era ineludible, salieron disparados por la puerta, con sendas sillas en sus manos
-          Vayan despacito, che. Que si se les caen, las van a tener que arreglar ustedes!! – Les gritó Jorge – Con las patas, porque con las manos siempre hacen macanas
Si bien su reto logró hacerles disminuir la velocidad, los chicos siguieron con paso rápido. Mientras Jorge, Lidia y su madre iniciaban la marcha. Los tres, casi hombro con hombro. Hombro con hombro es un decir, Lidia apenas le llegaba a altura del pecho a la madre que iba a su izquierda y al lado de ella Jorge, que no paraba de parlotear. Y Lidia asomándose  por delante de las ondulaciones del vestido de su madre para verlo a él. Y mostrando orgullosa, su sillita.
Siempre recordaba ese momento. Y siempre se lo recordaba a Jorge. Y Jorge siempre le decía lo mismo. “Eras una nena!, yo ni te registré”. Lidia sabía que era mentira. Siempre buscaba excusas para pasar frente al taller, sola, con sus hermanas o con las amigas del barrio. Más de una vez, su madre le decía
-          Dónde fuiste a comprar papas? A Buenos Aires? Si la verdulería queda acá nomás?
Es que cada vez que salía daba un rodeo y pasaba por la carpintería. A veces lo veía y lo saludaba. Y eso nomás alcazaba para mantenerle la sonrisa durante toda la mañana. Jorge respondía con un saludo breve y su sonrisa, esa que le dedicaba a ella sola. Y siempre algún piropo que la hacía sonrojar. Siempre educado, sin faltar el respeto. Esos días llegaba a casa radiante. Si le tocaba cocinar, hacía su mejor plato y estaba todo el día de buen humor. Cuando no lo veía, era terrible. Todo parecía teñido de negro, todo le caía mal, le molestaban los comentarios de los demás y hasta se atrevía a protestarle a la madre. Más de una vez se ligó un reto, cuando no un sopapo, por esta causa. Pero no le importaba, no podía controlarlo. A sus hermanas y amigas al principio le llamó la atención que para jugar a las escondidas o salir a pasear, los recorridos pasaban, sospechosamente, siempre había alguna excusa para pasar por la puerta de la carpintería. De ida y de vuelta. Hasta la segunda o tercera vez que la sorprendieron saludando al hijo del carpintero y allí comprendieron todo.
-          Te gusta el hijo del carpintero!! –
-          Noooo, que va. No me gusta ni un poquito – Pero sus cachetes siempre se ocupaban de contradecirla.
Pasaron años así. Sus amigas, sus hermanas, todo el barrio sabía, en secreto, que a Lidia le gustaba Jorge. Y lo esperó. Quizás él también la esperó a ella, a que fuera grande, hasta que se animó a declararse. Ella ya tenía dieciséis años. Y un año después se casaron. Siempre estuvo enamorada de Jorge, nunca pudo ver otro hombre. Cuando alguien le hablaba de tal o cual galán de telenovelas, siempre les contestaba
-          Eso porque no conocieron al Jorge de chico. Ninguno de esos galancitos de la tele se le compara. Ni antes ni ahora, con los años…
Él siempre se ocupaba de decir que le había ganado por cansancio. Le decía gorda (a ella que nunca tuvo un gramo de más), que tenía mal genio y cosas por el estilo. A ella lo divertía. Era la forma que tenía de decirle que la quería.
-          Tenía miedo, che. Estoy seguro que si no me le declaraba, un día me iba a ensartar uno de esos cuchillos que usaba para cocinar. Si fuera por mí… Sabés las minas que tenía
-          Andá, si siempre me mirabas a mi
Ambos lo sabían. Nunca habían querido estar con otra persona. Así fue siempre. No tuvieron ni más, ni menos problemas que otras parejas de su edad. Pero siempre mantuvieron su amor por el otro. Como Don Francisco, reparando sus muebles. Tuvieron tres hijos Laura, Liliana y Francisco. Se pelearon un poco por el nombre Francisco. A ella no le gustaba. Cuando nació Francisquito, ya Don Francisco había comenzado su lenta decadencia. Le parecía una falta de respeto hacia su suegro a quien quería tanto. Quien al cabo de tantos años había encontrado en sus nietas (las hijas de Lidia), la oportunidad de colmarlas de roperitos, mesitas, sillitas, toboganes y todo lo que le pedían
-          Dónde vamos a meter esa casa de muñecas ahora? – Decía Lidia entre enojada y envidiosa de ss hijas que habían conseguido el único tesoro al que ella no había accedido de niña

Y aparecía Don Francisco, quien ya tenía la respuesta aguardandando en su taller, todavía funcionante, aunque hora manejado por Jorge. Francisco había uno. Pero comprendió el pedido de Jorge. Y aceptó. Aunque siempre lo llamó Pancho, cosa que le disgustaba a padre e hijo.

Decía que Lidia se consideraba una mujer feliz. Hasta ahora. No podía asegurar cuánto tiempo llevaba siendo “cama 6”. Vagamente se acordaba haberse sentido mal, mareada. Siempre encontraba una causa para sus malestares. Que fue el choclo que comimos, que hice fuerza cuando levanté a Joaquín (uno de sus nietos), que el disgusto que me llevé el otro día en la carnicería… Esta vez no alcanzó a adjudicarle a nadie ni a nada su malestar. Perdió el conocimiento y se despertó en la clínica. Se despertó es una forma de decir. No podía abrir los ojos ni se podía mover. Sus movimientos respiratorios fueron reemplazados por una máquina. El despertar fue lento y discontinuo. Tenía momentos de mayor y otros de menor lucidez. Aprendió a agudizar sus oídos y su tacto. Escuchaba como en un sueño, al punto que muchas veces no sabía si estaba soñando o estaba pasando de verdad. Las visitas de sus familiares que en un principio le parecían brumosas y confusas, cada vez fueron más claras para ella. Identificaba quien venía y qué le decía. Y le hablaban y ella escuchaba sin poder responder.
-          Porqué esto?-  Se preguntaba – Qué fue lo que hice tan mal?. No puedo morirme y ya, sin tener que ver a mi gente sufriendo?
Así comenzó a descubrir cuando médicos y enfermeros hablaban de ellas, algunos con más aires científicos otros más campechanos. Así pasaron cambios de antibióticos, sondas, alimentaciones parenterales… Y otras cosas cuyo significado desconocía.
Escucho los ruidos propios del horario de visitas. Y sintió el taconeo inconfundible de su Laura. Comenzaba la tortura. Era extraño porque la torturaba ver a su familia sufrir, pero por otra parte, era lo único que la conectaba a la vida.
Laura lloraba todo el tiempo que estaba con ella, todos los días desde que podía recordar. Tan exagerada para todo esta Laura. Antes, cuando eran chicos, era la alegría de la casa, la de los chistes y el buen humor. Eso lo había heredado del padre, sin dudas. Pero con una labilidad emocional que a veces la irritaba. Pasaba de la euforia al llanto en pocos minutos sin una causa justificable. Pero ahora, desde que Lidia estaba allí, todo era llanto. Sabía que su llanto era sentido y verdadero, pero estaba tan acostumbrada a escucharla llorar a veces era como escuchar llover. Sentía cómo la acariciaba, el rostro, el pecho, le frotaba los pies… Le gustaba que Laura la acariciara. Y le hablaba de cuanto la extrañaba, de cuánto la quería. Trataba de no escucharla pero no podía.  Trataba de recordarla alegre, ingeniosa. Como la niña menor que era. Le dio un beso en la frente y se fue. En un rato llegaría Liliana.
Liliana no lloraba, era fuerte. Liliana le hablaba. Le contaba de sus hijos, de las notas en el colegio, de los vecinos. “A que no sabés quien se separó” y le contaba de la vecina de enfrente, tan seria que parecía y que tenía una vida paralela con el carnicero y que los habían encontrado. Liliana le hacía bien. Pero la conocía. No le hablaba de Ofelia la vecina de la esquina tan amiga de Lidia y que tan enferma estaba. No le hablaba de Jerónimo el amigo de Jorge, también de su edad… Y no le hablaba de su Jorge. Más que lo que le contaba, le preocupaba lo que no le contaba. Y sabía, por el timbre de su voz que lo que se guardaba para ella no era bueno. Sentía ganas de decirle lo mucho que apreciaba su charla. Más sentía no poder decírselo.
Francisco era el más formal de los tres. Se acercaba, le acariciaba la frente. Ella lo sentía al lado aunque no hablara. Él hablaba más de sus cosas y de sus hijos y de sus nietos, los bisnietos de Lidia. Sabía que Lidia adoraba los niños. Le contaba sus travesuras, sus ocurrencias. Joaquín ya camina y se la pasa sacando cosas del bajo mesada y que Ana había comenzado a parlotear como un loro y por momentos se le quebraba un poco la voz y tosía un poco antes de continuar. Por más duro que se hiciera, ella sabía que no lo era y que quizás, era el que más sufría.
Fin de la sesión del día, pensó. Pero Francisco le dijo que había alguien que quería verla. Y se fue un momento. Lo reconoció apenas cruzó el umbral de la puerta, lo sintió antes de escucharlo. Y lo sintió antes que la toque Sus pasos, su respiración. Por un momento quiso que no fuera, que sea otra persona por favor, no puede verme así. Pero era. La persona que más y que menos quería que estuviera con ella en ese momento, la habían traído. Ya lo conocía a su Jorge. Este les debe venir rompiendo las pelotas desde que me internaron, no se banca más. Qué hombre terco, por Dios!. Que mierda tiene que venir a hacer acá!. Lo sintió llegar con su paso cansino de hombre de noventa años. Francisco dijo algo que no necesitaba ser dicho
-          Vino papá a visitarte, mami
Cómo si no lo conociera. Jorge tomó entre sus manos, la mano derecha de Lidia. Lo sentía temblar. Sentía sus palmas húmedas. Su respiración entrecortada, luchando por no sollozar.
-          Decime algo, por Dios – Pensó Lidia – Decime que ya conseguiste cocinera
Jorge, el de las salidas ocurrentes, tenía una broma que repetía desde que ambos vivían solos, ya casados todos sus hijos. Solía decir que tenían un pacto entre ellos. Él se moriría primero sino, no iba a poder bancar alguien que cocinara tan rico como Lidia. Se moriría de hambre. Liliana siempre salía a decirle que ella le cocinaría. Era el momento en que él no tenía respuesta. Liliana era su debilidad. Era la única que podía enfrentarlo y convencerlo de lo  que nadie podía. Fue la que logró hacerlo entrar en el quirófano para operarse de próstata cuando sólo parecía que muerto lo iban a lograr.
Silencio. Jorge tenía su mano derecha entre las suyas. La acariciaba y la besaba y Lidia sentía su sufrimiento en carne propia. Como esa vez que internaron a Liliana y estuvo en terapia con una infección en los pulmones. Fueron los únicos días que Jorge no habló. Ni probó bocado. Lidia lo abrazaba por las noches y lo sentía temblar. Le habían tocado a su princesa y no podía ni tenerse en pie. Hasta que Liliana no estuvo de nuevo en casa no volvió a hablar ni a comer. Así lo sentía ahora. O peor. Sentía el temblor de sus manos sosteniendo la suya, sus dedos, torpes ya por la artrosis, acariciando su mano. Su respiración agitada entrecortada por el sollozo. Por favor, Jorge, decime algo. Estás delagado, Jorge, déjate de joder y comé un poco. Francisco forcejeó unos segundos y se lo llevó de la habitación. Podía con todo lo demás. No pudo con el silencio de Jorge. Fue en ese momento que elevó su pensamiento, y miró hacia arriba y suplicó con todo lo que le quedaba de fuerzas. Hacía mucho que no rezaba, ya no sabía ni cómo era. Todo se le había dado en la vida tan bien y tan natural, que nunca se sintió en la necesidad de pedir. Hasta cuando Liliana estuvo enferma, ella sabía que lo iba a lograr. Esto era distinto
-          Por favor Señor, nunca te pedí nada. Basta de esto. No puedo más

-          Parece que se largó, nomás
-          Viene amagando hace como dos semanas, era hora
Se sentía el golpetear de la lluvia contra los vidrios. La lluvia y el viento de afuera y la charla inesperada de los enfermeros de adentro, despertaron a Lidia de su llanto interno.
-          Dice la radio que Buenos Aires se está inundando
-          Últimamente se inunda seguido por allá.
La lluvia iba en aumento. Lidia sentía la violencia del agua golpeando contra los vidrios, hasta podía asegurar que la oía discurrir por la calle, que estaba unos pisos por debajo de donde ella se hallaba. Por momentos hasta superaba el ruido que hacía su respirador.
-          Che, se está inundando la calle, mirá
-          Uy, cierto, está de vereda a vereda. Menos mal que estamos arriba y
-          Se cortó la luz!!, doctor, venga, que se cortó la luz
-          Ya están prendiendo el grupo electrógeno, apaguen las alarmas de donde están yo me encargo de las de este lado
-          Y si no anda el grupo electrógeno
-          Eeeeee!!! Que pájaro de mal agüero! Cómo se va a apagar! Igual cada máquina tiene una batería que un tiempito anda como para…
Una explosión que provenía de abajo
-          Se cortó de nuevo!!!
-          No se ve nada!!!
-          Inés, andá con la chiquita de cama 3 que no veo las luces del equipo, , Juan, avisá urgente para derivar a los pacientes
-          Cuáles?
-          Todos!!!! No hay luz, no van a durar mucho sin ningún tipo de electricidad
Los siguientes minutos fueron todo confusión, gritos desesperados, gente corriendo, camillas yendo y viniendo, sirenas de ambulancias y lluvia torrencial afuera. Escuchó que estaban derivando los pacientes a otras terapias. Cama 2 primero, catorce después y así uno a uno, los fueron llevando
-          Nos quedan cuatro pacientes doctor, somos tres para bolsearlos…
Lidia miró nuevamente al cielo y creyó escuchar una respuesta
-          Yo me quedo con cama 9, Juan, andá con la 12, Inés a la 4
-          Y la de cama 6?
-          Que Dios me perdone, pobre Lidia. Aunque no pasara esto, no creo que hubiera podido zafar. Vamos, vamos, no pierdan tiempo
Lidia sintió que por fin dejaba de ser cama 6 y volvía a ser ella. Sintió su aparato apagarse bruscamente luego de un sinfín de ruidos de alarmas. Y mientras disfrutaba de su última bocanada de aire artificial, supo que Dios existía. Y que  la había escuchado.



miércoles, 24 de julio de 2013

CRUCES
                                  
 “¿A quien se le ocurre esto de vender cuchillos en la calle?”- pensaba Juan. Promediaba la tarde de un día extenuante. El sol de enero incendiaba el asfalto de la ciudad. Transcurría la octava hora de deambular de un semáforo a otro en una muy transitada avenida que era atravesada por una calle lateral medianamente concurrida. Esta semana le habían entregado para vender cuchillos. Demasiado grandes, demasiado brillantes, demasiado coloridos como para utilizarlos en un vulgar asado. A primera vista no le impresionaba de utilidad. En realidad tampoco le había visto mucho utilidad a unas calculadoras que había estado vendiendo a principios del año lectivo y sin embargo se vendieron como pan caliente. El dinero recaudado en esa oportunidad le había permitido a su familia comer dos semanas seguidas sin mayores sobresaltos. Trabajar en la calle tenía sus riesgos. En varias oportunidades estuvo a punto de ser atropellado por gente que parecía ignorar que él era uno de ellos. En los años que llevaba trabajando en la calle había aprendido algunas cosas. Entre ellas que debía estar atento, ya no al cambio de señal del semáforo sobre el cual se hallaba vendiendo, sino el de las calles laterales. Los automovilistas ya no esperan que su semáforo se ponga en verde. Alcanza con que se ponga en rojo el de quien los puede embestir.  Todos andan apurados, y claro, no hay tiempo para observar si se cruza alguien o algo. Tenía la sensación que cada vez era más algo que alguien. A pesar de eso, su mayor temor no era perder la vida, sino sus piernas. Era el sostén de sus hermanos, su pareja y sus hijos. Hasta la más pequeña de sus hijas tenía problemas de salud. Una semana en el hospital y todos morirían de hambre, solía decirse para darse coraje y comenzar así un nuevo día. Sí, prefería morir. Hasta incluso pensó que hasta lo deseaba.
-          “Cuchillos a quince pesitos nomás, mire que calidad” – Seguía pregonando. No parecía ser un artículo muy popular ese verano.

“Sin dudas uno de los mejores días de mi vida” se dijo Facundo mientras saludaba a los últimos compañeros de trabajo que se cruzó por el camino e ingresaba a su coche. “Sino el mejor”. Se quedó sentado frente al volante con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Repasó su día. Ya desde temprano se vislumbraban detalles del cuadro que ahora creía ver completo. Se levantó a las seis de la mañana como todos los días. Esta vez, María, su esposa, lo esperaba con el desayuno. No era lo corriente, ella siempre le gustaba quedarse un rato más en la cama antes de ir a su trabajo que quedaba mucho más cerca, en la misma ciudad. “Estoy embarazada” Le dijo. Hacía tiempo que lo buscaban. Dos largos años para ser precisos. Dos años desde que habían convenido que ya estaban dadas las condiciones para traer un hijo al mundo. Se abrazaron largo rato.

            Hacía tiempo que estaba en la calle. Primero mendigando, luego vendiendo. Nunca robando. Se negaba a aceptarlo. Incluso hoy, prácticamente sin dinero recaudado, cinco hijos que alimentar, dos hermanos que dependían de él y Jessica, claro. Su única hija, nacida precozmente producto de las complicaciones del embarazo de su madre. Por más explicaciones que le hayan dado los médicos, él sabía que su mujer no se había alimentado correctamente. Y se sentía responsable. El garabato que su hija le había regalado y que siempre llevaba en el bolsillo izquierdo de su camisa le pesaba una tonelada. Debía comprarle los remedios y él seguía sin vender estos malditos cuchillos…

Ese día llegó temprano al trabajo. Como casi siempre, llegaba temprano y se retiraba tarde. Nunca cumplía las famosas ochos horas de jornada laboral. Siempre pasaba entre 10 y 12 horas en su oficina. Eso sin contar la hora y media larga de trayecto hasta la capital (y la vuelta) y el celular siempre encendido. Y sonando. Era frecuente que durante los fines de semana se la pasara respondiendo llamados y mails de su empresa. “Esclavo virtual” lo llamaba María medio en broma, medio en serio. Todo ese esfuerzo, ese tiempo sin ver a su mujer ni a sus amigos ni al reto de su familia, hoy habían rendido sus frutos. Como si de golpe todo lo que había sembrado hubiera florecido. Había logrado el tan logrado ascenso. La casi duplicación de su ya abultado salario. Claro que las responsabilidades ahora serían mayores, si cabía. Reuniones de negocios, con políticos, negociaciones a otro nivel.... Prefería no pensar en eso en este momento. Ya habría tiempo para disfrutar. Aún no arrancaba su coche. Lo apreció. Parecía mentira que nunca se hubiera detenido a observarlo en estos seis meses desde que lo había retirado del concesionario. Por primera vez disfrutaba los cien mil dólares que le había costado. Lo observó en detalle, respiró hondo y lo puso en marcha.

La desesperación estaba comenzando a ganarle la partida. Había trabajado toda la semana, no había descansado los fines de semana y lo poco que había conseguido apenas alcanzaba para parar la olla. El calor parecía freirle los sesos, pero más le pesaba el bolsillo izquierdo de su camisa. No alcanza, todavía no. “A quien mierda se le ocurre vender cuchillos en pleno enero”, pensaba intentando culpar a alguien. La mercadería que llevaba debía pagarla o devolverla al final del día. Hacía tiempo que no tenía una semana tan mala…

Manejó por la autopista con una tranquilidad que lo asombró a él mismo. No le importaron los bocinazos e insultos que recibió durante todo el trayecto por retrasar la marcha de los demás. Hacía tiempo que no conducía a una velocidad reglamentaria y por el carril de la derecha. De hecho, era la primera vez que lo hacía. Siempre apurado por llegar a su trabajo o a su casa, apurado por trabajar o dormir (raramente llegaba con ganas de algo más a su casa). Ni siquiera había encendido el aire acondicionado. La ventanilla baja, el codo asomando por ella y el viento cálido que acariciaba sus mejillas eran suficientes para paliar el agobiante calor…

Encima se burlaban de él. De sus desgracias. ¿Qué había hecho para estar en esta situación?. Lo único que le venía a la mente era haberse negado a ser delincuente. Y los coches que ni siquiera bajaban la ventanilla, lo repelían como si fuera a contagiarles sus desgracias. El sudor parecía correrle a chorros por el cuerpo. Sus manos apenas podían sostener su mercadería. “Quince pesos nomás, que te cuesta, mirá el auto que tenés, la…” No alcanzaba generalmente a terminar el insulto que ya arrancaban. De hecho no le servían ni siquiera de desahogo. “Yo me voy,  Juan, hoy no vendemos nada”. Hasta su compañero de toda la vida lo dejaba solo hoy. ¡Qué día de mierda!. Apretaba el cuchillo como su fuera desintegrar el mango con el puño. Pero no podía irse, Jessica lo necesitaba…

Pagó el último peaje, ya casi estaba en casa. Si bien ya el sol no se veía, su luz se colaba entre los edificios. Pronto se encenderían las luces de la ciudad, (Ya había algunas encendidas). Sonó el celular. El trabajo otra vez. Detuvo unos minutos el coche al salir de la autopista. Otra vez el trabajo. Solo que esta vez no le molestó, como otras. Resolvió el problema que se le presentó como solía hacerlo y continuó su camino. Media hora hablando!. Una locura. El sol se había ocultado. Continuó su camino, disfrutando de cada bocanada de aire cálido. Se detuvo en el tercer semáforo. Una onda verde de tres semáforos sería un milagro en esta ciudad tan poco acostumbrada a ellos. Frenó y suspiró mientras aguardaba. Notó que un vendedor se le acercaba y reconoció en el acto el producto que vendía.

“Mi última oportunidad” pensó Juan. Este me salva. “Coche nuevo, ventanas bajas, con tal de no sentirme el olor a transpiración me lo compra para sacarme de encima. En una de esas salvo el día”. Se acercó al conductor “Cuchillos a quince pesos… Por favor, tengo muchos modelos, jefe”. Facundo nunca entablaba contacto verbal con los vendedores o aquellas personas que en las esquinas se acercaban a pedir. Siempre estaba ocupado, generalmente hablando por celular y los alejaba con un ademán. Pero esta vez se sentía más liviano, de mejor ánimo. Reconoció los cuchillos y levantando sus anteojos oscuros, le dirigió una sonrisa. Sin pensar mucho en sus palabras dijo “De esos puedo tener los que quiera!”. “Casualmente yo no quiero el que tengo” Dijo Juan, apretando los dientes, sin poder controlar la ira que lo invadía. Facundo alcanzó a sentir el frío metal penetrando el cráneo.


 

miércoles, 17 de julio de 2013

Filicidio

Ya está. Acabo de ahogar a mi hijo con mis propias manos. Todavía sudado por el esfuerzo y temblando, porqué no decirlo, por la excitación del momento. Mientras jadeo observo su cuerpo semidesnudo flotando en la bañadera. Me costó bastante trabajo hacerlo. Y entiéndase bien, por trabajo me refiero al esfuerzo físico, porque a pesar de que tiene (bueno, tenía) ocho años, es bastante grande para su edad. Además el hecho de ser hombre le da un plus de fuerza frente a una mujer de contextura delgada como la mía que, si bien todavía me considero joven, me encuentro fuera de estado. Si la situación fuera otra, a lo mejor hasta podría sentirme orgullosa del hecho de haber podido consumarlo. Hay que ver también que la bañadera es chica, estaba hasta la mitad de agua sin contar todo lo que se derramó. Si hubiese estado más llena, seguramente la cosa habría sido más fácil. Casi hasta puedo decir que disfruté del desarrollo de la situación. Como todos los días le dije que preparara las cosas que esta vez yo iba a bañarlo. Se negaba, al principio. Se ve que algo estaba sospechando. Más cuando me le instalé en el baño y observaba sentada en el inodoro cómo preparaba él mismo lo que finalmente sería el sitio de la ejecución…  Es sangre ese hilo rojo que está enturbiando el agua?. Si, si, es sangre!. Claro!, me había olvidado que segundos antes que dejara de forcejear me tiré encima con todo mi cuerpo y lo golpee contra el fondo. Ni después de muerto es prolijo, el desgraciado.
No podría decir con precisión cuándo comencé a odiarlo. Yo creo que comenzó mucho antes de nuestra separación hace casi dos años. Si, si, mucho antes, cuando ya insinuaba que iba a dejar la casa. A veces pienso que siempre lo odié. Aún antes de conocerlo. Como si supiera que en algún momento conocería a una persona tan despreciable. O a lo mejor albergaba en mi interior el odio, como buscando en algún momento poder depositarlo sobre alguien. Como el pescador que pasa horas en la ribera, observando el devenir de las aguas, el lento movimiento de la tanza, hasta que descubre bruscamente que ésta se ha tensado y comienza el momento sublime de la lucha con el todavía pez que se niega a convertirse en pescado. El momento en donde no alcanza con enrollar el reel únicamente, y en el que entran a jugar la resistencia de la tanza, la fuerza y velocidad para hacerla del pescador, el tamaño y destreza del pez, cómo entró el anzuelo… Ni hablemos de la situación del pescador, ya sea que este se encuentre en la vera del río o embarcado situación en la cual también comenzará a jugar sobre qué tipo de embarcación se encuentra. Y, finalmente, si el éxito acompaña al pescador, descubrir si todo ha valido la pena. Definitivamente no es solo enrollar y esperar que venga. Las variables intervinientes son las que lo hacen entretenido. O eso supongo, porque es a mi marido al que le gusta la pesca, no a mi. Mi “ex” marido como se encarga de recalcarme todo el tiempo mi psicólogo. Me niego a ese prefijo desde el momento que yo no decidí que así sea. No hubo consenso y tampoco lo habrá de la forma en que están planteadas las cosas.
Decía al principio que no podría decir con exactitud el momento en que comencé a odiarlo.  Y es así en realidad. Los casi quince años de convivencia no siempre fueron complicados. Pero poco a poco se comenzó a sentir el desgaste. La verdad es que yo me la pasaba todo el tiempo en casa, cuidando a sus hijos (nuestros hijos, como se encargaba de remarcarme todo el tiempo), cocinando… Para ser sincera, me la pasaba en casa pero siempre tuve personal de servicio, así que mi tarea en el hogar se limitaba a levantarme, decidir qué se iba a comer y … poco más. Nunca quiso que trabajara. “No lo necesitás”, me decía y así abandoné un promisorio futuro como economista. No soy de salir mucho. Y él es de trabajar muchas horas. Cada vez más horas trabajaba y yo cada vez más horas a solas pasaba. Porque en realidad, cada vez me costaba más salir de casa. Como si de un pulpo se tratara cuyos tentáculos me sujetaban cada vez con más firmeza a la casa, luego a la habitación y finalmente a la cama. Llegó un momento en que me la pasaba mirando tele, leyendo a veces. A lo mejor fue por eso que comenzamos a pelear con mi marido. Estaba aburrida. Con los chicos mucho no hablaba, no me interesaban mucho las cosas del colegio ni las pelotudeces esas de reuniones de padres que sólo sirven para que los maestros crean que realmente se ocupan de la educación de nuestros hijos. Venían a saludarme a la habitación antes de irse y al volver del colegio. En un momento comenzaron a preguntarme cosas para resolver un problema, investigar un tema, hacer una redacción y esas cosas que les suelen dar de deberes y que deben ser las mismas que me daban a mí y yo me arreglaba sola. No tenía que andar jodiendo a mis padres que por otra parte, poca bola me iban a dar. En un momento determinado,  Joaquín (mi hijo menor, que ahora está flotando en la bañera) se le dijo al padre. Que mierda se tiene que meter el pendejo en mis cosas!. Fue llorando a decirle noséquecosa de que yo lo había insultado luego que me preguntara cómo resolver unas cuentas pelotudas de multiplicar. Fue en ese momento cuando comenzaron con una maestra particular. Y comenzaron las discusiones.
Comenzamos discutiendo por tonterías, en tono bajo, en nuestra habitación, lejos de los chicos. Luego el volumen no fue algo que lográramos regular y, a veces, los chicos las presenciaban. Otras (las peores) participaban. Especialmente Joaquín que había agarrado a su padre como aliado.  Eso tampoco nos inhibía. Cada uno decía lo que le venía en mente. Con el tiempo, las discusiones se tornaron violentas. De palabra y de hecho. Nos hemos arrojado algún que otro objeto contundente con distinta suerte. La que más claramente recuerdo fue cuando le tiré una taza mientras él se volvía a la habitación, dando por finalizada la discusión del día.  Las discusiones se inician y se terminan de a dos, esa es la regla. Sino serían monólogos y para monólogos, me tengo todos los días. Vi cuando se dio vuelta y casi podría describir, como en cámara lenta, el momento en que la taza se hacía añicos contra su cráneo. Tanta puntería me sorprendió de tal forma que comencé a reirme. Al punto que no sé qué fue lo que más lo enojó, si el golpe o mi risa que rápidamente se convirtió en carcajada por más intentos que hacía para reprimirla. Esa fue nuestra última discusión como convivientes. Al otro día, mientras yo dormía, se fue. Se fue sin decirme nada, el muy cobarde. Apenas se llevó algo de ropa. No se debe haber llevado toda la ropa porque algo habría notado, aunque no revisé su lado del placard. Apenas abro el mío para sacar algo de ropa interior cuando me baño, hecho cada vez menos frecuente, dado que si no hago nada en todo el día, no tengo porqué estar sucia. Bastante trabajo me cuesta ir al baño cuando las necesidades fisiológicas me obligan. La cuestión fue que no me di cuenta cuando se llevó las cosas, si es que se llevó algo. Aunque a veces, como de noche no puedo conciliar el sueño, tomo algunas pastillas que me ayudan a descansar. Ese día no sé cuantas habré tomado, me desperté a la tarde y, como a eso de las ocho de la noche no había llegado, bajé hasta el comedor. Estaba oscuro afuera, porque el verano había terminado y oscurecía cada vez más temprano. En el living estaba Joaquín con la mucama, cenando. Clara (mi hija) estaría en su habitación, como siempre. Hacía tiempo que no la veía.
-          Y tu padre?
Me miró, como si hubiera visto al demonio, sorprendido de escuchar mi voz dirigiéndose a él. No contestó, miró a la mucama, que parecía visiblemente incómoda. La mucama alternaba miradas hacia mí y hacia el niño sin poder articular palabra, hasta que finalmente dijo
-          El señor se fue de la casa. Me dijo que no iba a vivir más aquí. Me dejó una nota para usted, señora. No quería molestarla
Me costó reponerme al impacto. Tardé unos minutos en asimilar la noticia. No dejaban de mirarme los dos, entre asustados y agazapados esperando mi reacción. No dejé que notaran  que cuánto esto me había afectado.
-          Bien – Dije y me volví a mi habitación
Nunca leí esa nota. Una vez que la mucama se fue (la estúpida no sabía que hacer, como si yo no pudiera hacerme cargo de dos chicos durmiendo), Fui hasta la cocina y la tiré a la basura. Me quedé levantada toda la noche. No quise tomar las pastillas para dormir. Mientras tanto sentía que mi odio hacia él crecía. Minuto a minuto. Me iba a vengar, claro que lo iba a hacer. Ya se me iba a ocurrir cómo. Y mientras pensaba en el como, llegó el día y con él, Joaquín viniendo a la cocina. Casi se infarta cuando me vió sentada en la cocina mirándolo. Ahogó un grito.
-          Tenía sed, mamá –
Dijo como disculpándose. Acto seguido y mientras se servía el jugo con las manos temblorosas, supe cómo iba a consumar mi venganza. Son iguales. En lo físico y en la forma de ser. En cuanto crezca le va a hacer a otra lo mismo que su padre me hizo a mí. Tan diferente de su hermana!. Clara siempre fue independiente. De chiquita. Tiene sólo diez años pero no necesita de nadie. Esa chica sí que tiene futuro. No necesita que se le esté encima con los deberes, no anda trayendo problemas. Se arregla solita. Se encierra en su cuarto. Va a andar bien. El problemático es el llorón éste, todo el tiempo escondido entre los pantalones de su padre.
Desde el momento en que se fue de casa, cambié algunas cosas. Salí de la habitación. Comencé a hacerme cargo de algunas cosas de la casa. Comencé a hablar con los chicos, especialmente Joaquin. Lentamente lo quería poner de mi lado. Es (o era, mejor dicho) la debilidad de su padre. Y antes de matárselo, lo iba a hacer sufrir. No se la iba a llevar de arriba. Tanto me esforcé, que hasta salí de casa un par de veces para ir al cine, al zoológico y no sé a que otros lugares me llevó. Yo siempre tratando de sonreírle y aceptar lo que me propusiera. Las primeras veces me dio vértigo salir a la puerta. Hasta el sol parecía ensañarse conmigo, porque me dolía el calor que de él brotaba.
Así pasaron días, semanas y meses. Mi marido los venía a buscar los fines de semana. Venirlos a buscar es un decir porque se escondía enviando alguien a buscar a los chicos. Esos dos días en los que estaba sola, volvía a ser lo que era. Me levantaba solamente para ir al baño y a tomar algo, ya que hambre no tenía, y volvía a la cama. No miraba ni tele, ni leía. Pensaba. Y dormía poco. No volví a utilizar las pastillas desde el día en que se fue. Quedó desde ese día una caja sin abrir y un blíster casi completo. Pensaba cómo iba a terminar con Joaquin…
Y así llegó este día y con él, mi obra realizada. Ya perdí noción del tiempo que hace que estoy sentada en el inodoro viendo su cabeza, brazos y torso sumergidos, mientras los pies permanecen en el suelo. Inertes. Recién me doy cuenta que había traído dos muñecos articulados para jugar en el agua. Se los compré en una de nuestras recientes salidas, me había olvidado. Me los mencionó al pasar mientras caminábamos frente a una juguetería. Yo estaba tan enceguecida por tenerlo de mi lado, que sin pensarlo y sin preguntar el precio, entré y los compré. Le compré dos, uno de los buenos y otro de los malos para que así puedan pelearse en su fantasía. El se quedó esperando en la puerta sin saber exactamente qué era lo que yo había entrado a hacer al negocio. Fue hace tres días, claro, el viernes a la mañana. Se quedó petrificado cuando los vió. Una cara que yo no le conocía. Una cara de sorpresa y de alegría. Los miró y alternaba la mirada entre los muñecos y mi rostro sin saber qué decir. Finalmente con un muñeco en cada mano me abrazó y me dijo “te quiero, mamá”. Después vino el padre a buscarlo y se olvidó los muñecos. Hasta hoy que volvió a casa, y al parecer, lo primero que hizo cuando le dije de preparar el baño, fue irlos a buscar. Yo seguía sentaba alternando mi mirada entre los muñecos, sentados en el borde de la bañera como mudos testigos de todo y mi hijo flotando en el agua. La mirada se me volvió borrosa y unas lágrimas comenzaron a correr incontenibles por mis mejillas. Me sacan de ensimismamiento unos ruidos de sirenas, la puerta del frente de casa que se violenta y finalmente, la puerta del baño que se abre bruscamente empujada por un corpulento policía que de un vistazo parece comprender lo que allí dentro ha sucedido. Y digo “parece” porque yo sola sé lo que pasó. Se queda un rato mirando el cuadro, hasta que finalmente reacciona, me esposa y me lleva hasta el patrullero. En el camino, veo que hay varios policías, no uno solo. Como si yo pudiera hacerles frente! Apenas pude con un niño!.
Mientras meten mi cabeza dentro del patrullero mira hacia la ventana de Clara y la veo observando todo detrás del vidrio. Y comprendo todo. Fue ella la que llamó. Yo le había dado franco a la mucama, estábamos solos en la casa. La muy traidora!. Siempre se pareció a su padre.  



jueves, 4 de julio de 2013

Suerte
“Nunca pudo comer del queso,
Sin que la trampera la aplaste”
Solari -Bellinson
Finalmente, la suerte empezaba a cambiarme. Pensaba en esto mientras anudaba cuidadosamente el nudo de mi corbata. Las cosas no me habían resultado fácil últimamente. Ni últimamente, ni antes. Desde que recuerdo, mi vida ha sido una lucha. Una lucha para poder terminar mis estudios secundarios, primero. Es bastante laborioso para alguien como yo, proveniente de una clase media trabajadora, poder terminarlos. Si bien mi madre hizo sus mejores esfuerzos para alimentarme a mi y mis tres hermanos, no pudo evitar que a mis quince años tuviera que comenzar a trabajar a causa de la temprana muerte de mi padre. No voy a mentir y decir que lo hice con gusto. Creo que fue de los peores días de mi vida. Todavía no había podido asimilar el golpe que me produjo la violenta muerte de mi padre en un asalto, y ya debí suplantarlo en el rol de proveedor del hogar. No me quejé. En donde vivo, no hay tiempo para la queja, a menos uno quiera persistir en ella en lugar de intentar salir adelante. Por eso como decía, si bien este hecho fue terrible en mi vida, también me posicionó de otra manera frente a mi madre y mis hermanos.
Como suele ocurrir en estos casos, de la mano de las nuevas responsabilidades, adquirí también otras libertades que comenzaba a valorar. Pude empezar a administrar mis horarios a mi antojo y hacerme de unos pequeños ahorros. No era grato levantarme a las cuatro de la mañana para hacer el reparto de diarios. Muchos menos, el recorrido que hacía para repartirlos casa por casa. Me llevaba un buen tiempo terminarlo y llegaba con los brazos y piernas exhaustos. Ni que hablar los días de lluvia. Inicialmente unas bolsas de consorcio servían a la vez de piloto e impermeable para mi frágil mercancía. Recién cuando llevaba cuatro meses pude comprarme el piloto y las botas de lluvia. Esa fue la primera compra que hice para mí, ya que la gran parte de lo que ganaba se lo entregaba a mi madre para hacer frente a los gastos de la casa, siempre en aumento. La bronca que me agarré, cuando después estuvo como seis meses sin llover!!.  No podía aguantarme para estrenarlos. Encima la primera lluvia se produjo a mediados de un enero sofocante y parecía evaporarse antes de tocar el piso, pero con calor y todo, salí orgulloso con mi piloto de nylon amarillo y las botas haciendo juego. No recuerdo haber pasado tanto calor en mi vida. Ni antes ni después. Ni hablar de las cargadas de los chicos del barrio que me vieron pasar disfrazado de semáforo.
Por si esto fuera poco, me había emperrado en terminar la secundaria. Al principio me había anotado de mañana. Cuando volvía de repartir los diarios y revistas, llegaba con lo justo (y a veces menos) para entrar al colegio. El resultado fue que durante el primer año casi quedo libre por faltas. No por faltas directamente, sino por la suma de muchas “medias faltas” producto de llegar tarde. Esto sumado a que, pese a mi esfuerzo, me llevé 8 materias. Mal dormido, deberes incompletos y muchas veces mal comido, no son una buena receta para un alumno ejemplar. Mucho menos si uno no es Einstein. De todas formas, creo que hay muchos “Einsteins” que no llegarán a tales porque les falta lo que a mi me sobra: ganas. Del turno de mañana el la escuela, pasé al turno noche y pasé a dormir de día y vivir de noche. Es raro. Como estar al revés del mundo. Pero lo primero que me sorprendió fue que no era el único que vivía al revés del mundo. Había muchos como yo, estudiando y trabajando de noche. Es más, para algunas de las personas que conocí en estos años, el término “trabajar” no se aplicaba a una actividad legal. Y obviamente, muy pocos estudiaban. Ellos habían encontrado otras formas de solventar sus estudios, y esa forma de hacerlo muchas veces les imposibilitaba finalizarlos, o bien les permitía hacerlo pero entraban en una vorágine de excesos del cual cada vez se complicaba más la salida y las recaídas en la actividad eran la regla. Yo prefería mantenerme en la mía. Ganaba lo suficiente, si bien tengo que confesar que muchas veces me sentía tentado de imitarlos y ganar mucho más. De la misma manera pensaban otros amigos que fui adquiriendo en esos años, que trabajaban en taxis, kioskos, restaurantes, bares y tantas otros lugares que dominan la actividad nocturna. Sentía que no había forma que de esta manera pudiera dejar de manejar mi vida, de conservar mi independencia. Y no lo hacía de moralista. Me ofrecieron varias veces colaborar con el reparto y no precisamente de revistas. Simplemente, no podía hacerlo. De alguna forma tenía en claro cómo iba a salir de mi situación y los atajos que se me presentaban, sencillamente me parecían algo para lo cual no estaba preparado.
No fue fácil, pero no me quejaba. Los últimos dos años había logrado pasar de repartidor a vendedor, cosa que si bien me quitaba el contacto con la gente, las caminatas por la ciudad amaneciendo, el olor a veredas recién baldeadas y a pan recién horneado entre otras cosas, me había permitido estudiar tranquilo entre cliente y cliente, no mojarme tanto los días de lluvia, protegerme del sol y relacionarme de otra forma con la gente. Era curioso como al final de todo el trayecto y de forma no meditada, todo el esfuerzo realizado había estado dirigido a abandonar este lugar. Y me había encariñado con lo que hacía. Siempre quise todo lo que hice y este puestito no era la excepción. A los ponchazos logré, tras siete larguísimos años, finalizar la secundaria. Hasta me permití realizar una tecnicatura que sería la que finalmente me sacaría del puesto de diarios. Lo iba a extrañar, sí, pero era consciente que dejarlo era una consecuencia necesaria.
La semana pasada luego de la entrevista con el gerente del banco, había comenzado mi nueva vida. O por lo menos, así lo sentía. Nunca se me hubiera ocurrido que mi modesto curriculum laboral iba a pesar tanto como mis estudios finalizados con tanto esfuerzo, pero así fue, según lo que me dijo cuando me llamó por teléfono al día siguiente para confirmarme que el cargo era mío. Iba a tener que hacer algo relacionado con atención al público. No entendí muy bien de que se trataba, pero era lo de menos. Iba a aprender a hacerlo y bien. Tampoco era importante cual era mi función específica. O sí. Era mi pasaporte de salida.
Con el dinero ahorrado con tanto celo en los últimos meses me compré un traje nuevo, una camisa y una corbata. Tuve que recurrir a un vecino para aprender a hacer el nudo. Mi viejo me hubiera enseñado en cinco minutos, pero bueno. Cómo lo extrañé ese día!. Encima en mi barrio no es fácil encontrar a alguien que use corbata para trabajar!. Por suerte me ayudó don Anselmo, el jubilado de enfrente que había sido bancario en su juventud. Se puso contento el viejo!. Me dijo que era lo mejor que le había pasado en los últimos tiempos, que alguien lo visite. Estuvo un ratito para explicarme cómo hacer el nudo, no me costó demasiado aprenderlo. Estuvo mucho más tiempo contándome anécdotas de sus años de bancario y dándome consejos que todavía no sabía cómo los iría a aplicar.”Estamos orgullosos de vos pibe!”, me dijo cuando me fui. “Todo el barrio”. “Mi vieja siempre exagerada al hablar de mi en el barrio. Hasta se lo creen”, pensé. Me caía bien el viejo.
Esta mañana casi me largo a llorar. Salí del baño a medio vestir y me terminé de poner el traje en el espejo grande que tenemos en el comedor (el único de la casa). Y ahí, en silencio, mis tres hermanos y mi vieja. Esperaron que terminara de arreglarme y se lanzaron de a uno sobre mi para desearme suerte. “Che, empiezo otro laburo, nomás!. No me arruguen la camisa nueva” les dije un poco para aflojar el clima, porque a la vieja se le había dado por largarse a llorar. “Acordate que tu primer sueldo es para mis llantas nuevas!” Mi hermano menor siempre haciéndose el duro. Igual no podía ocultar su felicidad. Hasta me abrazó distinto que cómo lo hacía siempre.
Salí temprano de casa, llegué a la estación de tren. El mismo que había tomado la semana pasada para la entrevista. Hasta encontré lugar en el primer vagón!. Sin dudas mi suerte estaba cambiando. Hasta el recorrido se me hizo corto. No me importó el calor, la cantidad de gente, el apretujamiento, los olores. Estoy tan cerca!. Ya llegamos a Once. Me parece a mi o ya debería haber frenado?
22 de febrero de 2012