Inundaciones - Lidia
Antes
de ser “la de cama 6” era Lidia. Lidia ya tenía ochenta y tantos años. Nunca
decía cuan largo era el “tantos”, ya era suficiente decir que tenía ochenta. Siempre
consideró que era una mujer feliz. Satisfecha con sus logros, al menos. Cumplió
con todo lo que ella esperaba de la vida y, por qué no, lo que su familia
esperaba de ella. Tuvo una infancia feliz, en un ambiente casi campestre. Si
bien siempre vivió en la ciudad de La Plata, cuando ella era chica el barrio de
La Loma era casi, casi una región rural a pesar de hallarse a escasas manzanas
del cuadrado que forma el casco urbano de la ciudad. Calles de tierra, pocas
casas en la manzana con fondos amplios, quintas, puertas abiertas, cerradas con
el único objetivo que no se escaparan los animales. En esa zona transcurrió su
vida. Con sus dos hermanas y su hermano jugando en las zanjas, atrapando ranas,
mirando las luciérnagas en verano, con la música de las chicharras de fondo.
Allí también,
ya más grande conoció a Jorge, quien luego sería su marido. Jorge vivía a unas
dos cuadras de su casa. En esos tiempos y en esa zona, las cuadras eran
estimativas, las manzanas irregulares dado que muchas quintas se encontraban
abarcado lo que hoy son calles. Jorge era el mayor de tres hermanos y, por
cierto, mucho mayor que ella. Cuando ella comenzó la escuela, Jorge ya se
encontraba trabajando en la carpintería del padre. Le llevaba diez años. Se
sintió atraída hacia él desde la primera vez que lo vio. Siempre recordaba ese
día y en cuanto le daban la oportunidad, le gustaba contarlo. Fue una vez que
acompañó a su madre a retirar unas sillas que había mandado a arreglar. Eran
tiempos en que todo se arreglaba y era eterno. Eran tiempos en que era
impensada la casa sin las mismas sillas que la habían amoblado desde sus
inicios. Las sillas en cuestión tenían el asiento de esterilla, que con cierta
frecuencia requerían un cambio. Y el padre de Jorge se encargaba de eso. Y de
hacer muebles nuevos, barnizarlos… En cierta forma, se encargaba de eternizar las
cosas, manteniéndolas como recién compradas, sin que nadie, excepto la familia
que conocía los detalles de cada mueble, notara la diferencia. Así lo conoció.
Esperando que trajeran sus renovadas sillas. Ella tendría unos seis años. Tal
como les había sido asegurado, las sillas estaban listas en el momento
previsto. El señor Francisco (el padre de Jorge) siempre cumplía con sus
plazos. A veces eso lo obligaba a trabajar hasta muy tarde y comenzar muy
temprano, pero si daba una fecha, cumplía. No le gustaba que lo apuraran,
tampoco. “Un trabajo bien hecho, lleva tiempo” solía decir, “si lo quiere
rápido y mal, vaya a otro lado”. Nunca lo decía, pero no habían muchos “otros
lados” en ese tiempo. Se refería a un carpintero en particular a quien
obviamente conocía… Y no le tenía aprecio. No le gustaba la gente que prometía
lo que no podía cumplir y, mucho menos, la clase de gente que por ganar un poco
más de plata, desvalorizaba su trabajo. Sus clientes, mayormente vecinos,
valoraban eso. Y no se les ocurría ir a buscar sus pedidos antes de la fecha
pactada. A veces lo hacían después, generalmente porque no tenían el dinero y
les daba vergüenza no cumplir con él, no estar a su altura, pero nunca antes.
Así que ahí estaba una Lidia de seis años y su mamá, viniendo a buscar sus
sillas, en la fecha pactada.
-
Buen Día, Señora!. Veo que vino muy bien
acompañado – Dijo Francisco casi alegre dirigiéndole una mirada tierna a Lidia
A Francisco le
gustaba cumplir con sus clientes y también le gustaba cuando sus clientes cumplían
con él. Y le gustaban los niños, especialmente las niñas. Tuvo tres varones pero
la nena nunca le llegó.
- Buen Día,
don Francisco. Ella es Lidia. Quería venir a conocer la carpintería. Vió como
son de curiosos los chicos…
Lidia paseaba
por el taller que hacía las veces de negocio también. En realidad, más que la
carpintería en sí, lo que le interesaba era algo en particular. Una casa de
muñecas, que, se decía, don Francisco había hecho para su hija. La hija que
nunca llegó. Hacía como que miraba muebles y sillas y bibliotecas, sin
atreverse a tocar nada.
- Así que
Lidia, eh?. Te gustan las cosas que hago?
- Si, señor –
Contestó apenas, recorriendo todo el local con la mirada – mucho
- Y te gusta jugar?
- Si! – La
cara de Lidia brillaba
- Querés que
te muestre unas cosas que hice?
- Si!!! – Dijo
casi gritando.
- Vení
conmigo, venga señora – dijo dirigiéndose a la madre – de paso vamos a buscar
las sillas.
Caminaron
algunos metros, salieron al patio. Un patio enorme, impensado en la ciudad de
La Plata del siglo veintiuno, pero corriente para la época. Y las llevó al
galpón del fondo. Mesitas, sillas, roperos en miniatura. Toda una casa en
miniatura.
- Te gustan?
- Muchísimo
- Querés una
sillita?
- Siii!!!
- Elegite una
- Ya tengo su
trabajo hecho – dijo cambiando bruscamente de tema y hablándole a su madre. Dirigió
su cabeza hacia atrás y llamó - Jorge!! Traeme las sillas de la señora. Son las
de roble que están al lado de la mesa de don Cosme. Pedile a tus hermanos que
te ayuden.
Jorge entró
con una pila de cuatro sillas. Nunca supo cómo las había apilado, ni cómo las
levantaba. Era grandote, fornido y no llamaba la atención que pudiera hacerlo. No
eran como las sillas de ahora, que podés llevar de a cuatro en cada brazo. Eran
pesadas en serio. Además le gustaba demostrar de cualquier forma posible, que
era un hombre fuerte. Lo primero que vio fueron dos piernas y dos brazos que
sostenían una torre de sillas que ocultaban el resto de su humanidad. Sintió
curiosidad por él desde el momento que lo vio. Parecía, como siempre le
pareció, que siempre tenía algo más para mostrarle, un aspecto desconocido y
hermoso de su persona. Y la primera vez no podía ser la excepción. Esperó unos
segundos que se le antojaron eternos hasta que depositó las sillas en el piso y
pudo verle el rostro. Si bien era muy pequeña como para pensarlo de esa forma, Lidia
siempre decía que se enamoró de él en ese instante. Era enorme y hermoso,
cualidades que nunca pensó y nunca volvió a ver en otro hombre. La deslumbraron
sus ojos marrones, su cara varonil a pesar de la corta edad, los brazos
musculosos, que se insinuaban debajo de la camisa. Lo impactó tanto que apenas
vio a sus otros dos hermanos, algo más tímidos para el esfuerzo, que traían una
silla cada uno y protestando por lo bajo.
-
Jorgito, haceme el favor, le llevás las sillas
hasta la casa a la señora? Vive en frente de lo del Aldo, viste? Esa casa con
el ombú en la entrada?, ahí. Te ubicás? Que te acompañen tus hermanos
Don Francisco
siempre le hablaba a Jorge. Parecía como que los dos hermanos fueran sus empleados,
a quienes no valía la pena ni dirigirles la palabra. Alcanzó a ver la cara de
los dos chicos, entre enojados por el encargo y desilusionados por no poder
continuar jugando en la calle.
-
Sí, sí. Conozco la casa. Siempre veo a las nenas
jugando en la puerta – dijo echándole una mirada a Lidia, luego les dirigió la
mirada a sus hermanos - Vamos muchachos?
El recorrido
entre el taller de Francisco y la casa fue tan corto. A Lidia le hubiera
gustado que el tiempo se detuviera ahí. Jorge era tan ocurrente. Todo le
causaba gracia y sabía cómo hacer reír a los demás sin que se sintieran
incómodos. Hasta la madre la madre de Lidia, siempre medida en todo, se reía de
las cosas que las cosas que decía. Desde el trabajo de taller, los vecinos, sus
hermanos. Sus hermanos, ni bien supieron que la tarea asignada era ineludible,
salieron disparados por la puerta, con sendas sillas en sus manos
-
Vayan despacito, che. Que si se les caen, las
van a tener que arreglar ustedes!! – Les gritó Jorge – Con las patas, porque
con las manos siempre hacen macanas
Si bien su
reto logró hacerles disminuir la velocidad, los chicos siguieron con paso
rápido. Mientras Jorge, Lidia y su madre iniciaban la marcha. Los tres, casi
hombro con hombro. Hombro con hombro es un decir, Lidia apenas le llegaba a
altura del pecho a la madre que iba a su izquierda y al lado de ella Jorge, que
no paraba de parlotear. Y Lidia asomándose
por delante de las ondulaciones del vestido de su madre para verlo a él.
Y mostrando orgullosa, su sillita.
Siempre
recordaba ese momento. Y siempre se lo recordaba a Jorge. Y Jorge siempre le
decía lo mismo. “Eras una nena!, yo ni te registré”. Lidia sabía que era
mentira. Siempre buscaba excusas para pasar frente al taller, sola, con sus
hermanas o con las amigas del barrio. Más de una vez, su madre le decía
-
Dónde fuiste a comprar papas? A Buenos Aires? Si
la verdulería queda acá nomás?
Es que cada
vez que salía daba un rodeo y pasaba por la carpintería. A veces lo veía y lo saludaba.
Y eso nomás alcazaba para mantenerle la sonrisa durante toda la mañana. Jorge
respondía con un saludo breve y su sonrisa, esa que le dedicaba a ella sola. Y
siempre algún piropo que la hacía sonrojar. Siempre educado, sin faltar el
respeto. Esos días llegaba a casa radiante. Si le tocaba cocinar, hacía su
mejor plato y estaba todo el día de buen humor. Cuando no lo veía, era
terrible. Todo parecía teñido de negro, todo le caía mal, le molestaban los
comentarios de los demás y hasta se atrevía a protestarle a la madre. Más de
una vez se ligó un reto, cuando no un sopapo, por esta causa. Pero no le
importaba, no podía controlarlo. A sus hermanas y amigas al principio le llamó
la atención que para jugar a las escondidas o salir a pasear, los recorridos
pasaban, sospechosamente, siempre había alguna excusa para pasar por la puerta
de la carpintería. De ida y de vuelta. Hasta la segunda o tercera vez que la
sorprendieron saludando al hijo del carpintero y allí comprendieron todo.
-
Te gusta el hijo del carpintero!! –
-
Noooo, que va. No me gusta ni un poquito – Pero
sus cachetes siempre se ocupaban de contradecirla.
Pasaron años
así. Sus amigas, sus hermanas, todo el barrio sabía, en secreto, que a Lidia le
gustaba Jorge. Y lo esperó. Quizás él también la esperó a ella, a que fuera
grande, hasta que se animó a declararse. Ella ya tenía dieciséis años. Y un año
después se casaron. Siempre estuvo enamorada de Jorge, nunca pudo ver otro
hombre. Cuando alguien le hablaba de tal o cual galán de telenovelas, siempre
les contestaba
-
Eso porque no conocieron al Jorge de chico.
Ninguno de esos galancitos de la tele se le compara. Ni antes ni ahora, con los
años…
Él siempre se
ocupaba de decir que le había ganado por cansancio. Le decía gorda (a ella que
nunca tuvo un gramo de más), que tenía mal genio y cosas por el estilo. A ella
lo divertía. Era la forma que tenía de decirle que la quería.
-
Tenía miedo, che. Estoy seguro que si no me le
declaraba, un día me iba a ensartar uno de esos cuchillos que usaba para
cocinar. Si fuera por mí… Sabés las minas que tenía
-
Andá, si siempre me mirabas a mi
Ambos lo
sabían. Nunca habían querido estar con otra persona. Así fue siempre. No
tuvieron ni más, ni menos problemas que otras parejas de su edad. Pero siempre
mantuvieron su amor por el otro. Como Don Francisco, reparando sus muebles.
Tuvieron tres hijos Laura, Liliana y Francisco. Se pelearon un poco por el
nombre Francisco. A ella no le gustaba. Cuando nació Francisquito, ya Don
Francisco había comenzado su lenta decadencia. Le parecía una falta de respeto
hacia su suegro a quien quería tanto. Quien al cabo de tantos años había
encontrado en sus nietas (las hijas de Lidia), la oportunidad de colmarlas de
roperitos, mesitas, sillitas, toboganes y todo lo que le pedían
-
Dónde vamos a meter esa casa de muñecas ahora? –
Decía Lidia entre enojada y envidiosa de ss hijas que habían conseguido el
único tesoro al que ella no había accedido de niña
Y aparecía Don
Francisco, quien ya tenía la respuesta aguardandando en su taller, todavía funcionante,
aunque hora manejado por Jorge. Francisco había uno. Pero comprendió el pedido
de Jorge. Y aceptó. Aunque siempre lo llamó Pancho, cosa que le disgustaba a
padre e hijo.
Decía que
Lidia se consideraba una mujer feliz. Hasta ahora. No podía asegurar cuánto
tiempo llevaba siendo “cama 6”. Vagamente se acordaba haberse sentido mal,
mareada. Siempre encontraba una causa para sus malestares. Que fue el choclo
que comimos, que hice fuerza cuando levanté a Joaquín (uno de sus nietos), que
el disgusto que me llevé el otro día en la carnicería… Esta vez no alcanzó a
adjudicarle a nadie ni a nada su malestar. Perdió el conocimiento y se despertó
en la clínica. Se despertó es una forma de decir. No podía abrir los ojos ni se
podía mover. Sus movimientos respiratorios fueron reemplazados por una máquina.
El despertar fue lento y discontinuo. Tenía momentos de mayor y otros de menor
lucidez. Aprendió a agudizar sus oídos y su tacto. Escuchaba como en un sueño,
al punto que muchas veces no sabía si estaba soñando o estaba pasando de
verdad. Las visitas de sus familiares que en un principio le parecían brumosas
y confusas, cada vez fueron más claras para ella. Identificaba quien venía y
qué le decía. Y le hablaban y ella escuchaba sin poder responder.
-
Porqué esto?-
Se preguntaba – Qué fue lo que hice tan mal?. No puedo morirme y ya, sin
tener que ver a mi gente sufriendo?
Así comenzó a
descubrir cuando médicos y enfermeros hablaban de ellas, algunos con más aires
científicos otros más campechanos. Así pasaron cambios de antibióticos, sondas,
alimentaciones parenterales… Y otras cosas cuyo significado desconocía.
Escucho los
ruidos propios del horario de visitas. Y sintió el taconeo inconfundible de su
Laura. Comenzaba la tortura. Era extraño porque la torturaba ver a su familia
sufrir, pero por otra parte, era lo único que la conectaba a la vida.
Laura lloraba
todo el tiempo que estaba con ella, todos los días desde que podía recordar.
Tan exagerada para todo esta Laura. Antes, cuando eran chicos, era la alegría de
la casa, la de los chistes y el buen humor. Eso lo había heredado del padre,
sin dudas. Pero con una labilidad emocional que a veces la irritaba. Pasaba de
la euforia al llanto en pocos minutos sin una causa justificable. Pero ahora,
desde que Lidia estaba allí, todo era llanto. Sabía que su llanto era sentido y
verdadero, pero estaba tan acostumbrada a escucharla llorar a veces era como
escuchar llover. Sentía cómo la acariciaba, el rostro, el pecho, le frotaba los
pies… Le gustaba que Laura la acariciara. Y le hablaba de cuanto la extrañaba,
de cuánto la quería. Trataba de no escucharla pero no podía. Trataba de recordarla alegre, ingeniosa. Como
la niña menor que era. Le dio un beso en la frente y se fue. En un rato
llegaría Liliana.
Liliana no
lloraba, era fuerte. Liliana le hablaba. Le contaba de sus hijos, de las notas
en el colegio, de los vecinos. “A que no sabés quien se separó” y le contaba de
la vecina de enfrente, tan seria que parecía y que tenía una vida paralela con
el carnicero y que los habían encontrado. Liliana le hacía bien. Pero la
conocía. No le hablaba de Ofelia la vecina de la esquina tan amiga de Lidia y
que tan enferma estaba. No le hablaba de Jerónimo el amigo de Jorge, también de
su edad… Y no le hablaba de su Jorge. Más que lo que le contaba, le preocupaba
lo que no le contaba. Y sabía, por el timbre de su voz que lo que se guardaba
para ella no era bueno. Sentía ganas de decirle lo mucho que apreciaba su
charla. Más sentía no poder decírselo.
Francisco era
el más formal de los tres. Se acercaba, le acariciaba la frente. Ella lo sentía
al lado aunque no hablara. Él hablaba más de sus cosas y de sus hijos y de sus
nietos, los bisnietos de Lidia. Sabía que Lidia adoraba los niños. Le contaba
sus travesuras, sus ocurrencias. Joaquín ya camina y se la pasa sacando cosas
del bajo mesada y que Ana había comenzado a parlotear como un loro y por
momentos se le quebraba un poco la voz y tosía un poco antes de continuar. Por
más duro que se hiciera, ella sabía que no lo era y que quizás, era el que más
sufría.
Fin de la
sesión del día, pensó. Pero Francisco le dijo que había alguien que quería
verla. Y se fue un momento. Lo reconoció apenas cruzó el umbral de la puerta,
lo sintió antes de escucharlo. Y lo sintió antes que la toque Sus pasos, su
respiración. Por un momento quiso que no fuera, que sea otra persona por favor,
no puede verme así. Pero era. La persona que más y que menos quería que
estuviera con ella en ese momento, la habían traído. Ya lo conocía a su Jorge.
Este les debe venir rompiendo las pelotas desde que me internaron, no se banca
más. Qué hombre terco, por Dios!. Que mierda tiene que venir a hacer acá!. Lo
sintió llegar con su paso cansino de hombre de noventa años. Francisco dijo
algo que no necesitaba ser dicho
-
Vino papá a visitarte, mami
Cómo si no lo
conociera. Jorge tomó entre sus manos, la mano derecha de Lidia. Lo sentía
temblar. Sentía sus palmas húmedas. Su respiración entrecortada, luchando por
no sollozar.
-
Decime algo, por Dios – Pensó Lidia – Decime que
ya conseguiste cocinera
Jorge, el de
las salidas ocurrentes, tenía una broma que repetía desde que ambos vivían
solos, ya casados todos sus hijos. Solía decir que tenían un pacto entre ellos.
Él se moriría primero sino, no iba a poder bancar alguien que cocinara tan rico
como Lidia. Se moriría de hambre. Liliana siempre salía a decirle que ella le
cocinaría. Era el momento en que él no tenía respuesta. Liliana era su
debilidad. Era la única que podía enfrentarlo y convencerlo de lo que nadie podía. Fue la que logró hacerlo
entrar en el quirófano para operarse de próstata cuando sólo parecía que muerto
lo iban a lograr.
Silencio.
Jorge tenía su mano derecha entre las suyas. La acariciaba y la besaba y Lidia
sentía su sufrimiento en carne propia. Como esa vez que internaron a Liliana y
estuvo en terapia con una infección en los pulmones. Fueron los únicos días que
Jorge no habló. Ni probó bocado. Lidia lo abrazaba por las noches y lo sentía
temblar. Le habían tocado a su princesa y no podía ni tenerse en pie. Hasta que
Liliana no estuvo de nuevo en casa no volvió a hablar ni a comer. Así lo sentía
ahora. O peor. Sentía el temblor de sus manos sosteniendo la suya, sus dedos,
torpes ya por la artrosis, acariciando su mano. Su respiración agitada
entrecortada por el sollozo. Por favor, Jorge, decime algo. Estás delagado,
Jorge, déjate de joder y comé un poco. Francisco forcejeó unos segundos y se lo
llevó de la habitación. Podía con todo lo demás. No pudo con el silencio de
Jorge. Fue en ese momento que elevó su pensamiento, y miró hacia arriba y
suplicó con todo lo que le quedaba de fuerzas. Hacía mucho que no rezaba, ya no
sabía ni cómo era. Todo se le había dado en la vida tan bien y tan natural, que
nunca se sintió en la necesidad de pedir. Hasta cuando Liliana estuvo enferma,
ella sabía que lo iba a lograr. Esto era distinto
-
Por favor Señor, nunca te pedí nada. Basta de
esto. No puedo más
-
Parece que se largó, nomás
-
Viene amagando hace como dos semanas, era hora
Se sentía el
golpetear de la lluvia contra los vidrios. La lluvia y el viento de afuera y la
charla inesperada de los enfermeros de adentro, despertaron a Lidia de su
llanto interno.
-
Dice la radio que Buenos Aires se está inundando
-
Últimamente se inunda seguido por allá.
La lluvia iba
en aumento. Lidia sentía la violencia del agua golpeando contra los vidrios,
hasta podía asegurar que la oía discurrir por la calle, que estaba unos pisos
por debajo de donde ella se hallaba. Por momentos hasta superaba el ruido que
hacía su respirador.
-
Che, se está inundando la calle, mirá
-
Uy, cierto, está de vereda a vereda. Menos mal
que estamos arriba y
-
Se cortó la luz!!, doctor, venga, que se cortó
la luz
-
Ya están prendiendo el grupo electrógeno,
apaguen las alarmas de donde están yo me encargo de las de este lado
-
Y si no anda el grupo electrógeno
-
Eeeeee!!! Que pájaro de mal agüero! Cómo se va a
apagar! Igual cada máquina tiene una batería que un tiempito anda como para…
Una explosión que provenía de
abajo
-
Se cortó de nuevo!!!
-
No se ve nada!!!
-
Inés, andá con la chiquita de cama 3 que no veo
las luces del equipo, , Juan, avisá urgente para derivar a los pacientes
-
Cuáles?
-
Todos!!!! No hay luz, no van a durar mucho sin
ningún tipo de electricidad
Los siguientes
minutos fueron todo confusión, gritos desesperados, gente corriendo, camillas
yendo y viniendo, sirenas de ambulancias y lluvia torrencial afuera. Escuchó
que estaban derivando los pacientes a otras terapias. Cama 2 primero, catorce
después y así uno a uno, los fueron llevando
-
Nos quedan cuatro pacientes doctor, somos tres
para bolsearlos…
Lidia miró
nuevamente al cielo y creyó escuchar una respuesta
-
Yo me quedo con cama 9, Juan, andá con la 12,
Inés a la 4
-
Y la de cama 6?
-
Que Dios me perdone, pobre Lidia. Aunque no pasara
esto, no creo que hubiera podido zafar. Vamos, vamos, no pierdan tiempo
Lidia sintió
que por fin dejaba de ser cama 6 y volvía a ser ella. Sintió su aparato
apagarse bruscamente luego de un sinfín de ruidos de alarmas. Y mientras
disfrutaba de su última bocanada de aire artificial, supo que Dios existía. Y que
la había escuchado.
