Filicidio
Ya está. Acabo
de ahogar a mi hijo con mis propias manos. Todavía sudado por el esfuerzo y
temblando, porqué no decirlo, por la excitación del momento. Mientras jadeo
observo su cuerpo semidesnudo flotando en la bañadera. Me costó bastante trabajo
hacerlo. Y entiéndase bien, por trabajo me refiero al esfuerzo físico, porque a
pesar de que tiene (bueno, tenía) ocho años, es bastante grande para su edad.
Además el hecho de ser hombre le da un plus de fuerza frente a una mujer de
contextura delgada como la mía que, si bien todavía me considero joven, me
encuentro fuera de estado. Si la situación fuera otra, a lo mejor hasta podría
sentirme orgullosa del hecho de haber podido consumarlo. Hay que ver también
que la bañadera es chica, estaba hasta la mitad de agua sin contar todo lo que
se derramó. Si hubiese estado más llena, seguramente la cosa habría sido más
fácil. Casi hasta puedo decir que disfruté del desarrollo de la situación. Como
todos los días le dije que preparara las cosas que esta vez yo iba a bañarlo.
Se negaba, al principio. Se ve que algo estaba sospechando. Más cuando me le
instalé en el baño y observaba sentada en el inodoro cómo preparaba él mismo lo
que finalmente sería el sitio de la ejecución… Es sangre ese hilo rojo que está enturbiando
el agua?. Si, si, es sangre!. Claro!, me había olvidado que segundos antes que
dejara de forcejear me tiré encima con todo mi cuerpo y lo golpee contra el
fondo. Ni después de muerto es prolijo, el desgraciado.
No podría
decir con precisión cuándo comencé a odiarlo. Yo creo que comenzó mucho antes
de nuestra separación hace casi dos años. Si, si, mucho antes, cuando ya
insinuaba que iba a dejar la casa. A veces pienso que siempre lo odié. Aún
antes de conocerlo. Como si supiera que en algún momento conocería a una
persona tan despreciable. O a lo mejor albergaba en mi interior el odio, como
buscando en algún momento poder depositarlo sobre alguien. Como el pescador que
pasa horas en la ribera, observando el devenir de las aguas, el lento movimiento
de la tanza, hasta que descubre bruscamente que ésta se ha tensado y comienza
el momento sublime de la lucha con el todavía pez que se niega a convertirse en
pescado. El momento en donde no alcanza con enrollar el reel únicamente, y en
el que entran a jugar la resistencia de la tanza, la fuerza y velocidad para
hacerla del pescador, el tamaño y destreza del pez, cómo entró el anzuelo… Ni
hablemos de la situación del pescador, ya sea que este se encuentre en la vera
del río o embarcado situación en la cual también comenzará a jugar sobre qué
tipo de embarcación se encuentra. Y, finalmente, si el éxito acompaña al
pescador, descubrir si todo ha valido la pena. Definitivamente no es solo
enrollar y esperar que venga. Las variables intervinientes son las que lo hacen
entretenido. O eso supongo, porque es a mi marido al que le gusta la pesca, no
a mi. Mi “ex” marido como se encarga de recalcarme todo el tiempo mi psicólogo.
Me niego a ese prefijo desde el momento que yo no decidí que así sea. No hubo
consenso y tampoco lo habrá de la forma en que están planteadas las cosas.
Decía al
principio que no podría decir con exactitud el momento en que comencé a
odiarlo. Y es así en realidad. Los casi
quince años de convivencia no siempre fueron complicados. Pero poco a poco se
comenzó a sentir el desgaste. La verdad es que yo me la pasaba todo el tiempo
en casa, cuidando a sus hijos (nuestros hijos, como se encargaba de remarcarme
todo el tiempo), cocinando… Para ser sincera, me la pasaba en casa pero siempre
tuve personal de servicio, así que mi tarea en el hogar se limitaba a
levantarme, decidir qué se iba a comer y … poco más. Nunca quiso que trabajara.
“No lo necesitás”, me decía y así abandoné un promisorio futuro como
economista. No soy de salir mucho. Y él es de trabajar muchas horas. Cada vez
más horas trabajaba y yo cada vez más horas a solas pasaba. Porque en realidad,
cada vez me costaba más salir de casa. Como si de un pulpo se tratara cuyos
tentáculos me sujetaban cada vez con más firmeza a la casa, luego a la
habitación y finalmente a la cama. Llegó un momento en que me la pasaba mirando
tele, leyendo a veces. A lo mejor fue por eso que comenzamos a pelear con mi
marido. Estaba aburrida. Con los chicos mucho no hablaba, no me interesaban
mucho las cosas del colegio ni las pelotudeces esas de reuniones de padres que
sólo sirven para que los maestros crean que realmente se ocupan de la educación
de nuestros hijos. Venían a saludarme a la habitación antes de irse y al volver
del colegio. En un momento comenzaron a preguntarme cosas para resolver un
problema, investigar un tema, hacer una redacción y esas cosas que les suelen
dar de deberes y que deben ser las mismas que me daban a mí y yo me arreglaba
sola. No tenía que andar jodiendo a mis padres que por otra parte, poca bola me
iban a dar. En un momento determinado,
Joaquín (mi hijo menor, que ahora está flotando en la bañera) se le dijo
al padre. Que mierda se tiene que meter el pendejo en mis cosas!. Fue llorando
a decirle noséquecosa de que yo lo
había insultado luego que me preguntara cómo resolver unas cuentas pelotudas de
multiplicar. Fue en ese momento cuando comenzaron con una maestra particular. Y
comenzaron las discusiones.
Comenzamos discutiendo
por tonterías, en tono bajo, en nuestra habitación, lejos de los chicos. Luego
el volumen no fue algo que lográramos regular y, a veces, los chicos las
presenciaban. Otras (las peores) participaban. Especialmente Joaquín que había
agarrado a su padre como aliado. Eso
tampoco nos inhibía. Cada uno decía lo que le venía en mente. Con el tiempo,
las discusiones se tornaron violentas. De palabra y de hecho. Nos hemos
arrojado algún que otro objeto contundente con distinta suerte. La que más
claramente recuerdo fue cuando le tiré una taza mientras él se volvía a la
habitación, dando por finalizada la discusión del día. Las discusiones se inician y se terminan de a
dos, esa es la regla. Sino serían monólogos y para monólogos, me tengo todos
los días. Vi cuando se dio vuelta y casi podría describir, como en cámara
lenta, el momento en que la taza se hacía añicos contra su cráneo. Tanta
puntería me sorprendió de tal forma que comencé a reirme. Al punto que no sé
qué fue lo que más lo enojó, si el golpe o mi risa que rápidamente se convirtió
en carcajada por más intentos que hacía para reprimirla. Esa fue nuestra última
discusión como convivientes. Al otro día, mientras yo dormía, se fue. Se fue
sin decirme nada, el muy cobarde. Apenas se llevó algo de ropa. No se debe
haber llevado toda la ropa porque algo habría notado, aunque no revisé su lado
del placard. Apenas abro el mío para sacar algo de ropa interior cuando me
baño, hecho cada vez menos frecuente, dado que si no hago nada en todo el día,
no tengo porqué estar sucia. Bastante trabajo me cuesta ir al baño cuando las
necesidades fisiológicas me obligan. La cuestión fue que no me di cuenta cuando
se llevó las cosas, si es que se llevó algo. Aunque a veces, como de noche no
puedo conciliar el sueño, tomo algunas pastillas que me ayudan a descansar. Ese
día no sé cuantas habré tomado, me desperté a la tarde y, como a eso de las
ocho de la noche no había llegado, bajé hasta el comedor. Estaba oscuro afuera,
porque el verano había terminado y oscurecía cada vez más temprano. En el
living estaba Joaquín con la mucama, cenando. Clara (mi hija) estaría en su
habitación, como siempre. Hacía tiempo que no la veía.
-
Y tu padre?
Me miró, como
si hubiera visto al demonio, sorprendido de escuchar mi voz dirigiéndose a él.
No contestó, miró a la mucama, que parecía visiblemente incómoda. La mucama
alternaba miradas hacia mí y hacia el niño sin poder articular palabra, hasta
que finalmente dijo
-
El señor se fue de la casa. Me dijo que no iba a
vivir más aquí. Me dejó una nota para usted, señora. No quería molestarla
Me costó
reponerme al impacto. Tardé unos minutos en asimilar la noticia. No dejaban de
mirarme los dos, entre asustados y agazapados esperando mi reacción. No dejé
que notaran que cuánto esto me había
afectado.
-
Bien – Dije y me volví a mi habitación
Nunca leí esa
nota. Una vez que la mucama se fue (la estúpida no sabía que hacer, como si yo
no pudiera hacerme cargo de dos chicos durmiendo), Fui hasta la cocina y la
tiré a la basura. Me quedé levantada toda la noche. No quise tomar las
pastillas para dormir. Mientras tanto sentía que mi odio hacia él crecía.
Minuto a minuto. Me iba a vengar, claro que lo iba a hacer. Ya se me iba a
ocurrir cómo. Y mientras pensaba en el como, llegó el día y con él, Joaquín
viniendo a la cocina. Casi se infarta cuando me vió sentada en la cocina
mirándolo. Ahogó un grito.
-
Tenía sed, mamá –
Dijo como
disculpándose. Acto seguido y mientras se servía el jugo con las manos
temblorosas, supe cómo iba a consumar mi venganza. Son iguales. En lo físico y
en la forma de ser. En cuanto crezca le va a hacer a otra lo mismo que su padre
me hizo a mí. Tan diferente de su hermana!. Clara siempre fue independiente. De
chiquita. Tiene sólo diez años pero no necesita de nadie. Esa chica sí que
tiene futuro. No necesita que se le esté encima con los deberes, no anda
trayendo problemas. Se arregla solita. Se encierra en su cuarto. Va a andar
bien. El problemático es el llorón éste, todo el tiempo escondido entre los
pantalones de su padre.
Desde el
momento en que se fue de casa, cambié algunas cosas. Salí de la habitación.
Comencé a hacerme cargo de algunas cosas de la casa. Comencé a hablar con los
chicos, especialmente Joaquin. Lentamente lo quería poner de mi lado. Es (o
era, mejor dicho) la debilidad de su padre. Y antes de matárselo, lo iba a
hacer sufrir. No se la iba a llevar de arriba. Tanto me esforcé, que hasta salí
de casa un par de veces para ir al cine, al zoológico y no sé a que otros
lugares me llevó. Yo siempre tratando de sonreírle y aceptar lo que me
propusiera. Las primeras veces me dio vértigo salir a la puerta. Hasta el sol
parecía ensañarse conmigo, porque me dolía el calor que de él brotaba.
Así pasaron
días, semanas y meses. Mi marido los venía a buscar los fines de semana.
Venirlos a buscar es un decir porque se escondía enviando alguien a buscar a
los chicos. Esos dos días en los que estaba sola, volvía a ser lo que era. Me
levantaba solamente para ir al baño y a tomar algo, ya que hambre no tenía, y
volvía a la cama. No miraba ni tele, ni leía. Pensaba. Y dormía poco. No volví
a utilizar las pastillas desde el día en que se fue. Quedó desde ese día una
caja sin abrir y un blíster casi completo. Pensaba cómo iba a terminar con
Joaquin…
Y así llegó
este día y con él, mi obra realizada. Ya perdí noción del tiempo que hace que
estoy sentada en el inodoro viendo su cabeza, brazos y torso sumergidos,
mientras los pies permanecen en el suelo. Inertes. Recién me doy cuenta que
había traído dos muñecos articulados para jugar en el agua. Se los compré en
una de nuestras recientes salidas, me había olvidado. Me los mencionó al pasar
mientras caminábamos frente a una juguetería. Yo estaba tan enceguecida por
tenerlo de mi lado, que sin pensarlo y sin preguntar el precio, entré y los
compré. Le compré dos, uno de los buenos y otro de los malos para que así
puedan pelearse en su fantasía. El se quedó esperando en la puerta sin saber
exactamente qué era lo que yo había entrado a hacer al negocio. Fue hace tres
días, claro, el viernes a la mañana. Se quedó petrificado cuando los vió. Una
cara que yo no le conocía. Una cara de sorpresa y de alegría. Los miró y
alternaba la mirada entre los muñecos y mi rostro sin saber qué decir.
Finalmente con un muñeco en cada mano me abrazó y me dijo “te quiero, mamá”.
Después vino el padre a buscarlo y se olvidó los muñecos. Hasta hoy que volvió
a casa, y al parecer, lo primero que hizo cuando le dije de preparar el baño,
fue irlos a buscar. Yo seguía sentaba alternando mi mirada entre los muñecos,
sentados en el borde de la bañera como mudos testigos de todo y mi hijo flotando
en el agua. La mirada se me volvió borrosa y unas lágrimas comenzaron a correr
incontenibles por mis mejillas. Me sacan de ensimismamiento unos ruidos de
sirenas, la puerta del frente de casa que se violenta y finalmente, la puerta
del baño que se abre bruscamente empujada por un corpulento policía que de un
vistazo parece comprender lo que allí dentro ha sucedido. Y digo “parece”
porque yo sola sé lo que pasó. Se queda un rato mirando el cuadro, hasta que
finalmente reacciona, me esposa y me lleva hasta el patrullero. En el camino,
veo que hay varios policías, no uno solo. Como si yo pudiera hacerles frente!
Apenas pude con un niño!.
Mientras meten
mi cabeza dentro del patrullero mira hacia la ventana de Clara y la veo
observando todo detrás del vidrio. Y comprendo todo. Fue ella la que llamó. Yo
le había dado franco a la mucama, estábamos solos en la casa. La muy traidora!.
Siempre se pareció a su padre.
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