miércoles, 17 de julio de 2013

Filicidio

Ya está. Acabo de ahogar a mi hijo con mis propias manos. Todavía sudado por el esfuerzo y temblando, porqué no decirlo, por la excitación del momento. Mientras jadeo observo su cuerpo semidesnudo flotando en la bañadera. Me costó bastante trabajo hacerlo. Y entiéndase bien, por trabajo me refiero al esfuerzo físico, porque a pesar de que tiene (bueno, tenía) ocho años, es bastante grande para su edad. Además el hecho de ser hombre le da un plus de fuerza frente a una mujer de contextura delgada como la mía que, si bien todavía me considero joven, me encuentro fuera de estado. Si la situación fuera otra, a lo mejor hasta podría sentirme orgullosa del hecho de haber podido consumarlo. Hay que ver también que la bañadera es chica, estaba hasta la mitad de agua sin contar todo lo que se derramó. Si hubiese estado más llena, seguramente la cosa habría sido más fácil. Casi hasta puedo decir que disfruté del desarrollo de la situación. Como todos los días le dije que preparara las cosas que esta vez yo iba a bañarlo. Se negaba, al principio. Se ve que algo estaba sospechando. Más cuando me le instalé en el baño y observaba sentada en el inodoro cómo preparaba él mismo lo que finalmente sería el sitio de la ejecución…  Es sangre ese hilo rojo que está enturbiando el agua?. Si, si, es sangre!. Claro!, me había olvidado que segundos antes que dejara de forcejear me tiré encima con todo mi cuerpo y lo golpee contra el fondo. Ni después de muerto es prolijo, el desgraciado.
No podría decir con precisión cuándo comencé a odiarlo. Yo creo que comenzó mucho antes de nuestra separación hace casi dos años. Si, si, mucho antes, cuando ya insinuaba que iba a dejar la casa. A veces pienso que siempre lo odié. Aún antes de conocerlo. Como si supiera que en algún momento conocería a una persona tan despreciable. O a lo mejor albergaba en mi interior el odio, como buscando en algún momento poder depositarlo sobre alguien. Como el pescador que pasa horas en la ribera, observando el devenir de las aguas, el lento movimiento de la tanza, hasta que descubre bruscamente que ésta se ha tensado y comienza el momento sublime de la lucha con el todavía pez que se niega a convertirse en pescado. El momento en donde no alcanza con enrollar el reel únicamente, y en el que entran a jugar la resistencia de la tanza, la fuerza y velocidad para hacerla del pescador, el tamaño y destreza del pez, cómo entró el anzuelo… Ni hablemos de la situación del pescador, ya sea que este se encuentre en la vera del río o embarcado situación en la cual también comenzará a jugar sobre qué tipo de embarcación se encuentra. Y, finalmente, si el éxito acompaña al pescador, descubrir si todo ha valido la pena. Definitivamente no es solo enrollar y esperar que venga. Las variables intervinientes son las que lo hacen entretenido. O eso supongo, porque es a mi marido al que le gusta la pesca, no a mi. Mi “ex” marido como se encarga de recalcarme todo el tiempo mi psicólogo. Me niego a ese prefijo desde el momento que yo no decidí que así sea. No hubo consenso y tampoco lo habrá de la forma en que están planteadas las cosas.
Decía al principio que no podría decir con exactitud el momento en que comencé a odiarlo.  Y es así en realidad. Los casi quince años de convivencia no siempre fueron complicados. Pero poco a poco se comenzó a sentir el desgaste. La verdad es que yo me la pasaba todo el tiempo en casa, cuidando a sus hijos (nuestros hijos, como se encargaba de remarcarme todo el tiempo), cocinando… Para ser sincera, me la pasaba en casa pero siempre tuve personal de servicio, así que mi tarea en el hogar se limitaba a levantarme, decidir qué se iba a comer y … poco más. Nunca quiso que trabajara. “No lo necesitás”, me decía y así abandoné un promisorio futuro como economista. No soy de salir mucho. Y él es de trabajar muchas horas. Cada vez más horas trabajaba y yo cada vez más horas a solas pasaba. Porque en realidad, cada vez me costaba más salir de casa. Como si de un pulpo se tratara cuyos tentáculos me sujetaban cada vez con más firmeza a la casa, luego a la habitación y finalmente a la cama. Llegó un momento en que me la pasaba mirando tele, leyendo a veces. A lo mejor fue por eso que comenzamos a pelear con mi marido. Estaba aburrida. Con los chicos mucho no hablaba, no me interesaban mucho las cosas del colegio ni las pelotudeces esas de reuniones de padres que sólo sirven para que los maestros crean que realmente se ocupan de la educación de nuestros hijos. Venían a saludarme a la habitación antes de irse y al volver del colegio. En un momento comenzaron a preguntarme cosas para resolver un problema, investigar un tema, hacer una redacción y esas cosas que les suelen dar de deberes y que deben ser las mismas que me daban a mí y yo me arreglaba sola. No tenía que andar jodiendo a mis padres que por otra parte, poca bola me iban a dar. En un momento determinado,  Joaquín (mi hijo menor, que ahora está flotando en la bañera) se le dijo al padre. Que mierda se tiene que meter el pendejo en mis cosas!. Fue llorando a decirle noséquecosa de que yo lo había insultado luego que me preguntara cómo resolver unas cuentas pelotudas de multiplicar. Fue en ese momento cuando comenzaron con una maestra particular. Y comenzaron las discusiones.
Comenzamos discutiendo por tonterías, en tono bajo, en nuestra habitación, lejos de los chicos. Luego el volumen no fue algo que lográramos regular y, a veces, los chicos las presenciaban. Otras (las peores) participaban. Especialmente Joaquín que había agarrado a su padre como aliado.  Eso tampoco nos inhibía. Cada uno decía lo que le venía en mente. Con el tiempo, las discusiones se tornaron violentas. De palabra y de hecho. Nos hemos arrojado algún que otro objeto contundente con distinta suerte. La que más claramente recuerdo fue cuando le tiré una taza mientras él se volvía a la habitación, dando por finalizada la discusión del día.  Las discusiones se inician y se terminan de a dos, esa es la regla. Sino serían monólogos y para monólogos, me tengo todos los días. Vi cuando se dio vuelta y casi podría describir, como en cámara lenta, el momento en que la taza se hacía añicos contra su cráneo. Tanta puntería me sorprendió de tal forma que comencé a reirme. Al punto que no sé qué fue lo que más lo enojó, si el golpe o mi risa que rápidamente se convirtió en carcajada por más intentos que hacía para reprimirla. Esa fue nuestra última discusión como convivientes. Al otro día, mientras yo dormía, se fue. Se fue sin decirme nada, el muy cobarde. Apenas se llevó algo de ropa. No se debe haber llevado toda la ropa porque algo habría notado, aunque no revisé su lado del placard. Apenas abro el mío para sacar algo de ropa interior cuando me baño, hecho cada vez menos frecuente, dado que si no hago nada en todo el día, no tengo porqué estar sucia. Bastante trabajo me cuesta ir al baño cuando las necesidades fisiológicas me obligan. La cuestión fue que no me di cuenta cuando se llevó las cosas, si es que se llevó algo. Aunque a veces, como de noche no puedo conciliar el sueño, tomo algunas pastillas que me ayudan a descansar. Ese día no sé cuantas habré tomado, me desperté a la tarde y, como a eso de las ocho de la noche no había llegado, bajé hasta el comedor. Estaba oscuro afuera, porque el verano había terminado y oscurecía cada vez más temprano. En el living estaba Joaquín con la mucama, cenando. Clara (mi hija) estaría en su habitación, como siempre. Hacía tiempo que no la veía.
-          Y tu padre?
Me miró, como si hubiera visto al demonio, sorprendido de escuchar mi voz dirigiéndose a él. No contestó, miró a la mucama, que parecía visiblemente incómoda. La mucama alternaba miradas hacia mí y hacia el niño sin poder articular palabra, hasta que finalmente dijo
-          El señor se fue de la casa. Me dijo que no iba a vivir más aquí. Me dejó una nota para usted, señora. No quería molestarla
Me costó reponerme al impacto. Tardé unos minutos en asimilar la noticia. No dejaban de mirarme los dos, entre asustados y agazapados esperando mi reacción. No dejé que notaran  que cuánto esto me había afectado.
-          Bien – Dije y me volví a mi habitación
Nunca leí esa nota. Una vez que la mucama se fue (la estúpida no sabía que hacer, como si yo no pudiera hacerme cargo de dos chicos durmiendo), Fui hasta la cocina y la tiré a la basura. Me quedé levantada toda la noche. No quise tomar las pastillas para dormir. Mientras tanto sentía que mi odio hacia él crecía. Minuto a minuto. Me iba a vengar, claro que lo iba a hacer. Ya se me iba a ocurrir cómo. Y mientras pensaba en el como, llegó el día y con él, Joaquín viniendo a la cocina. Casi se infarta cuando me vió sentada en la cocina mirándolo. Ahogó un grito.
-          Tenía sed, mamá –
Dijo como disculpándose. Acto seguido y mientras se servía el jugo con las manos temblorosas, supe cómo iba a consumar mi venganza. Son iguales. En lo físico y en la forma de ser. En cuanto crezca le va a hacer a otra lo mismo que su padre me hizo a mí. Tan diferente de su hermana!. Clara siempre fue independiente. De chiquita. Tiene sólo diez años pero no necesita de nadie. Esa chica sí que tiene futuro. No necesita que se le esté encima con los deberes, no anda trayendo problemas. Se arregla solita. Se encierra en su cuarto. Va a andar bien. El problemático es el llorón éste, todo el tiempo escondido entre los pantalones de su padre.
Desde el momento en que se fue de casa, cambié algunas cosas. Salí de la habitación. Comencé a hacerme cargo de algunas cosas de la casa. Comencé a hablar con los chicos, especialmente Joaquin. Lentamente lo quería poner de mi lado. Es (o era, mejor dicho) la debilidad de su padre. Y antes de matárselo, lo iba a hacer sufrir. No se la iba a llevar de arriba. Tanto me esforcé, que hasta salí de casa un par de veces para ir al cine, al zoológico y no sé a que otros lugares me llevó. Yo siempre tratando de sonreírle y aceptar lo que me propusiera. Las primeras veces me dio vértigo salir a la puerta. Hasta el sol parecía ensañarse conmigo, porque me dolía el calor que de él brotaba.
Así pasaron días, semanas y meses. Mi marido los venía a buscar los fines de semana. Venirlos a buscar es un decir porque se escondía enviando alguien a buscar a los chicos. Esos dos días en los que estaba sola, volvía a ser lo que era. Me levantaba solamente para ir al baño y a tomar algo, ya que hambre no tenía, y volvía a la cama. No miraba ni tele, ni leía. Pensaba. Y dormía poco. No volví a utilizar las pastillas desde el día en que se fue. Quedó desde ese día una caja sin abrir y un blíster casi completo. Pensaba cómo iba a terminar con Joaquin…
Y así llegó este día y con él, mi obra realizada. Ya perdí noción del tiempo que hace que estoy sentada en el inodoro viendo su cabeza, brazos y torso sumergidos, mientras los pies permanecen en el suelo. Inertes. Recién me doy cuenta que había traído dos muñecos articulados para jugar en el agua. Se los compré en una de nuestras recientes salidas, me había olvidado. Me los mencionó al pasar mientras caminábamos frente a una juguetería. Yo estaba tan enceguecida por tenerlo de mi lado, que sin pensarlo y sin preguntar el precio, entré y los compré. Le compré dos, uno de los buenos y otro de los malos para que así puedan pelearse en su fantasía. El se quedó esperando en la puerta sin saber exactamente qué era lo que yo había entrado a hacer al negocio. Fue hace tres días, claro, el viernes a la mañana. Se quedó petrificado cuando los vió. Una cara que yo no le conocía. Una cara de sorpresa y de alegría. Los miró y alternaba la mirada entre los muñecos y mi rostro sin saber qué decir. Finalmente con un muñeco en cada mano me abrazó y me dijo “te quiero, mamá”. Después vino el padre a buscarlo y se olvidó los muñecos. Hasta hoy que volvió a casa, y al parecer, lo primero que hizo cuando le dije de preparar el baño, fue irlos a buscar. Yo seguía sentaba alternando mi mirada entre los muñecos, sentados en el borde de la bañera como mudos testigos de todo y mi hijo flotando en el agua. La mirada se me volvió borrosa y unas lágrimas comenzaron a correr incontenibles por mis mejillas. Me sacan de ensimismamiento unos ruidos de sirenas, la puerta del frente de casa que se violenta y finalmente, la puerta del baño que se abre bruscamente empujada por un corpulento policía que de un vistazo parece comprender lo que allí dentro ha sucedido. Y digo “parece” porque yo sola sé lo que pasó. Se queda un rato mirando el cuadro, hasta que finalmente reacciona, me esposa y me lleva hasta el patrullero. En el camino, veo que hay varios policías, no uno solo. Como si yo pudiera hacerles frente! Apenas pude con un niño!.
Mientras meten mi cabeza dentro del patrullero mira hacia la ventana de Clara y la veo observando todo detrás del vidrio. Y comprendo todo. Fue ella la que llamó. Yo le había dado franco a la mucama, estábamos solos en la casa. La muy traidora!. Siempre se pareció a su padre.  



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