Nunca le dijo
nada a la Elvira. Como si no hiciera falta. Es cierto que son gente grande, ya
llegando a los ochenta y tantos y que antes no quedaba bien que el hombre diera
muestras de afecto. Delante de la familia, era como propasarse, delante de los
amigos, se perdía hombría. De joven, “estaba caliente”, de grande “viejo
verde”. O no quedaba bien o se reprimía, vaya uno a saber. Le hubiera gustado
decirle a la Elvira todo lo que no le dijo, que no era poco. Nunca le dijo que
el tuco estaba rico. Siempre le hacía algún comentario del tipo “un poquito
menos de laurel o más de tomillo, nomas le faltó”. Aunque fueron muchas las
veces que quiso abrazarla en público, fueron pocas las veces que lo hizo. Como
si fuera a violarla en plena calle. No recordaba haberle dichos muchas veces
todo lo que la quería, lo largo que se le hacían algunos días en el trabajo
esperando volver, que le encantaba como tenía las margaritas y las rosas del
jardín, que la agradecía su comprensión (con el carácter podrido que Alvaro tiene!),
que los chicos habían salido como salieron gracias a ella, (el siempre
trabajando)… Que la amaba tanto… Como el
primer día. Y que no se lo había dicho así, sin dar vueltas. Ni eso, ni lo del
tuco que era lo que mejor cocinaba y siempre le pedía que hiciera. Y tantas
cosas.
Un par de
semanas atrás se le vino el alma al suelo. Había que operarla, dijo el doctor.
Que no se qué de la vejiga medio caída por los partos y la edad y todas las
infecciones que tenía y tendría y todo lo que a ella podría significarle. Que
era una cirugía no tan complicada y que todo iba a estar bien, aunque ella tan
viejita. Y de repente tomó conciencia de todo. Y si le pasaba algo? Con quién
iba a hablar? Y mirar tele?. Con quien iba a ir a la placita a darle miguitas a
las palomas, o tomar mate en el patio mientras les sacaba las hojas feas a las
plantas?. Cómo iba a poder solo? Pero por sobre todo ¿porqué nunca le había
dicho todo lo que la quería? Casi sesenta años juntos se le antojaba ahora como
un largo silencio de su parte…
Parece que
terminó la cirugía. El médico se acerca a comentar muy contento por los
resultados, todo bien, en un rato la pueden ver, cuando se despierte bien. Que
fue una cirugía relativamente corta, dos horas (A Alvaro le parecieron semanas,
meses, años). Que usaron esa anestesia que te duerme de la cintura para abajo,
no vaya a ser cosa que descompensara, la vieja. Ya pueden entrar a verla.
Entraron en manada hijos, nietos y él cerrando la fila. Los chicos rodeándola,
acariciándole el pelo, dándole besos en la frente, dándole todo el cariño que
se merecía y él no le supo comunicar. Ella se reía y hablaba. Chocha, como si
se hubiera sacado el Lotería. Él sentadito en la silla al pie de la cama, los
mira. No sabe cuanto tiempo estuvieron así, pareció un parpadeo. “Papi, salimos a fumar un pucho y
volvemos. Así la dejamos descansar”. Le
salieron buenos los chicos a a Elvira, pero un poco viciosos. Chicos es un
decir, ya peinan canas o no peinan nada, pero siempre serán “los chicos”.
“Vayan, yo me quedo”. En ese momento, sintió que era el momento. Tenía que
decirle todo eso que había estado dándole vueltas y vueltas por la cabeza. Lo
del tuco y las plantas y los chicos y que la quería. Que la quería tanto,
tanto. Tantas cosas, tantos momentos, tanto que decirle… Levantó la silla donde
estaba sentado y la corrió despacito, aunque tan rápido como su viejas piernas
le permitían, la acomodó cerquita de la cabecera. Se sentó, le agarró la mano
derecha entre las suyas y la besó mientras, la miraba con los ojos inundados. Y
mientras ella le sonreía, entre todo el torbellino de palabras que pugnaba por
salir luego de esas pocas horas que estuvieron separados, sólo pudo decirle un
triste y entrecortado (y hasta egoísta)
- Te extrañé mucho

Sencillo y muy lindo!
ResponderEliminarhermosiisimo Fabian !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
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