jueves, 4 de julio de 2013

Suerte
“Nunca pudo comer del queso,
Sin que la trampera la aplaste”
Solari -Bellinson
Finalmente, la suerte empezaba a cambiarme. Pensaba en esto mientras anudaba cuidadosamente el nudo de mi corbata. Las cosas no me habían resultado fácil últimamente. Ni últimamente, ni antes. Desde que recuerdo, mi vida ha sido una lucha. Una lucha para poder terminar mis estudios secundarios, primero. Es bastante laborioso para alguien como yo, proveniente de una clase media trabajadora, poder terminarlos. Si bien mi madre hizo sus mejores esfuerzos para alimentarme a mi y mis tres hermanos, no pudo evitar que a mis quince años tuviera que comenzar a trabajar a causa de la temprana muerte de mi padre. No voy a mentir y decir que lo hice con gusto. Creo que fue de los peores días de mi vida. Todavía no había podido asimilar el golpe que me produjo la violenta muerte de mi padre en un asalto, y ya debí suplantarlo en el rol de proveedor del hogar. No me quejé. En donde vivo, no hay tiempo para la queja, a menos uno quiera persistir en ella en lugar de intentar salir adelante. Por eso como decía, si bien este hecho fue terrible en mi vida, también me posicionó de otra manera frente a mi madre y mis hermanos.
Como suele ocurrir en estos casos, de la mano de las nuevas responsabilidades, adquirí también otras libertades que comenzaba a valorar. Pude empezar a administrar mis horarios a mi antojo y hacerme de unos pequeños ahorros. No era grato levantarme a las cuatro de la mañana para hacer el reparto de diarios. Muchos menos, el recorrido que hacía para repartirlos casa por casa. Me llevaba un buen tiempo terminarlo y llegaba con los brazos y piernas exhaustos. Ni que hablar los días de lluvia. Inicialmente unas bolsas de consorcio servían a la vez de piloto e impermeable para mi frágil mercancía. Recién cuando llevaba cuatro meses pude comprarme el piloto y las botas de lluvia. Esa fue la primera compra que hice para mí, ya que la gran parte de lo que ganaba se lo entregaba a mi madre para hacer frente a los gastos de la casa, siempre en aumento. La bronca que me agarré, cuando después estuvo como seis meses sin llover!!.  No podía aguantarme para estrenarlos. Encima la primera lluvia se produjo a mediados de un enero sofocante y parecía evaporarse antes de tocar el piso, pero con calor y todo, salí orgulloso con mi piloto de nylon amarillo y las botas haciendo juego. No recuerdo haber pasado tanto calor en mi vida. Ni antes ni después. Ni hablar de las cargadas de los chicos del barrio que me vieron pasar disfrazado de semáforo.
Por si esto fuera poco, me había emperrado en terminar la secundaria. Al principio me había anotado de mañana. Cuando volvía de repartir los diarios y revistas, llegaba con lo justo (y a veces menos) para entrar al colegio. El resultado fue que durante el primer año casi quedo libre por faltas. No por faltas directamente, sino por la suma de muchas “medias faltas” producto de llegar tarde. Esto sumado a que, pese a mi esfuerzo, me llevé 8 materias. Mal dormido, deberes incompletos y muchas veces mal comido, no son una buena receta para un alumno ejemplar. Mucho menos si uno no es Einstein. De todas formas, creo que hay muchos “Einsteins” que no llegarán a tales porque les falta lo que a mi me sobra: ganas. Del turno de mañana el la escuela, pasé al turno noche y pasé a dormir de día y vivir de noche. Es raro. Como estar al revés del mundo. Pero lo primero que me sorprendió fue que no era el único que vivía al revés del mundo. Había muchos como yo, estudiando y trabajando de noche. Es más, para algunas de las personas que conocí en estos años, el término “trabajar” no se aplicaba a una actividad legal. Y obviamente, muy pocos estudiaban. Ellos habían encontrado otras formas de solventar sus estudios, y esa forma de hacerlo muchas veces les imposibilitaba finalizarlos, o bien les permitía hacerlo pero entraban en una vorágine de excesos del cual cada vez se complicaba más la salida y las recaídas en la actividad eran la regla. Yo prefería mantenerme en la mía. Ganaba lo suficiente, si bien tengo que confesar que muchas veces me sentía tentado de imitarlos y ganar mucho más. De la misma manera pensaban otros amigos que fui adquiriendo en esos años, que trabajaban en taxis, kioskos, restaurantes, bares y tantas otros lugares que dominan la actividad nocturna. Sentía que no había forma que de esta manera pudiera dejar de manejar mi vida, de conservar mi independencia. Y no lo hacía de moralista. Me ofrecieron varias veces colaborar con el reparto y no precisamente de revistas. Simplemente, no podía hacerlo. De alguna forma tenía en claro cómo iba a salir de mi situación y los atajos que se me presentaban, sencillamente me parecían algo para lo cual no estaba preparado.
No fue fácil, pero no me quejaba. Los últimos dos años había logrado pasar de repartidor a vendedor, cosa que si bien me quitaba el contacto con la gente, las caminatas por la ciudad amaneciendo, el olor a veredas recién baldeadas y a pan recién horneado entre otras cosas, me había permitido estudiar tranquilo entre cliente y cliente, no mojarme tanto los días de lluvia, protegerme del sol y relacionarme de otra forma con la gente. Era curioso como al final de todo el trayecto y de forma no meditada, todo el esfuerzo realizado había estado dirigido a abandonar este lugar. Y me había encariñado con lo que hacía. Siempre quise todo lo que hice y este puestito no era la excepción. A los ponchazos logré, tras siete larguísimos años, finalizar la secundaria. Hasta me permití realizar una tecnicatura que sería la que finalmente me sacaría del puesto de diarios. Lo iba a extrañar, sí, pero era consciente que dejarlo era una consecuencia necesaria.
La semana pasada luego de la entrevista con el gerente del banco, había comenzado mi nueva vida. O por lo menos, así lo sentía. Nunca se me hubiera ocurrido que mi modesto curriculum laboral iba a pesar tanto como mis estudios finalizados con tanto esfuerzo, pero así fue, según lo que me dijo cuando me llamó por teléfono al día siguiente para confirmarme que el cargo era mío. Iba a tener que hacer algo relacionado con atención al público. No entendí muy bien de que se trataba, pero era lo de menos. Iba a aprender a hacerlo y bien. Tampoco era importante cual era mi función específica. O sí. Era mi pasaporte de salida.
Con el dinero ahorrado con tanto celo en los últimos meses me compré un traje nuevo, una camisa y una corbata. Tuve que recurrir a un vecino para aprender a hacer el nudo. Mi viejo me hubiera enseñado en cinco minutos, pero bueno. Cómo lo extrañé ese día!. Encima en mi barrio no es fácil encontrar a alguien que use corbata para trabajar!. Por suerte me ayudó don Anselmo, el jubilado de enfrente que había sido bancario en su juventud. Se puso contento el viejo!. Me dijo que era lo mejor que le había pasado en los últimos tiempos, que alguien lo visite. Estuvo un ratito para explicarme cómo hacer el nudo, no me costó demasiado aprenderlo. Estuvo mucho más tiempo contándome anécdotas de sus años de bancario y dándome consejos que todavía no sabía cómo los iría a aplicar.”Estamos orgullosos de vos pibe!”, me dijo cuando me fui. “Todo el barrio”. “Mi vieja siempre exagerada al hablar de mi en el barrio. Hasta se lo creen”, pensé. Me caía bien el viejo.
Esta mañana casi me largo a llorar. Salí del baño a medio vestir y me terminé de poner el traje en el espejo grande que tenemos en el comedor (el único de la casa). Y ahí, en silencio, mis tres hermanos y mi vieja. Esperaron que terminara de arreglarme y se lanzaron de a uno sobre mi para desearme suerte. “Che, empiezo otro laburo, nomás!. No me arruguen la camisa nueva” les dije un poco para aflojar el clima, porque a la vieja se le había dado por largarse a llorar. “Acordate que tu primer sueldo es para mis llantas nuevas!” Mi hermano menor siempre haciéndose el duro. Igual no podía ocultar su felicidad. Hasta me abrazó distinto que cómo lo hacía siempre.
Salí temprano de casa, llegué a la estación de tren. El mismo que había tomado la semana pasada para la entrevista. Hasta encontré lugar en el primer vagón!. Sin dudas mi suerte estaba cambiando. Hasta el recorrido se me hizo corto. No me importó el calor, la cantidad de gente, el apretujamiento, los olores. Estoy tan cerca!. Ya llegamos a Once. Me parece a mi o ya debería haber frenado?
22 de febrero de 2012 

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