miércoles, 11 de noviembre de 2015

Reencuentro

Reencuentro

Nunca le dijo nada a la Elvira. Como si no hiciera falta. Es cierto que son gente grande, ya llegando a los ochenta y tantos y que antes no quedaba bien que el hombre diera muestras de afecto. Delante de la familia, era como propasarse, delante de los amigos, se perdía hombría. De joven, “estaba caliente”, de grande “viejo verde”. O no quedaba bien o se reprimía, vaya uno a saber. Le hubiera gustado decirle a la Elvira todo lo que no le dijo, que no era poco. Nunca le dijo que el tuco estaba rico. Siempre le hacía algún comentario del tipo “un poquito menos de laurel o más de tomillo, nomas le faltó”. Aunque fueron muchas las veces que quiso abrazarla en público, fueron pocas las veces que lo hizo. Como si fuera a violarla en plena calle. No recordaba haberle dichos muchas veces todo lo que la quería, lo largo que se le hacían algunos días en el trabajo esperando volver, que le encantaba como tenía las margaritas y las rosas del jardín, que la agradecía su comprensión (con el carácter podrido que Alvaro tiene!), que los chicos habían salido como salieron gracias a ella, (el siempre trabajando)… Que la amaba tanto…  Como el primer día. Y que no se lo había dicho así, sin dar vueltas. Ni eso, ni lo del tuco que era lo que mejor cocinaba y siempre le pedía que hiciera. Y tantas cosas.
Un par de semanas atrás se le vino el alma al suelo. Había que operarla, dijo el doctor. Que no se qué de la vejiga medio caída por los partos y la edad y todas las infecciones que tenía y tendría y todo lo que a ella podría significarle. Que era una cirugía no tan complicada y que todo iba a estar bien, aunque ella tan viejita. Y de repente tomó conciencia de todo. Y si le pasaba algo? Con quién iba a hablar? Y mirar tele?. Con quien iba a ir a la placita a darle miguitas a las palomas, o tomar mate en el patio mientras les sacaba las hojas feas a las plantas?. Cómo iba a poder solo? Pero por sobre todo ¿porqué nunca le había dicho todo lo que la quería? Casi sesenta años juntos se le antojaba ahora como un largo silencio de su parte…
Parece que terminó la cirugía. El médico se acerca a comentar muy contento por los resultados, todo bien, en un rato la pueden ver, cuando se despierte bien. Que fue una cirugía relativamente corta, dos horas (A Alvaro le parecieron semanas, meses, años). Que usaron esa anestesia que te duerme de la cintura para abajo, no vaya a ser cosa que descompensara, la vieja. Ya pueden entrar a verla. Entraron en manada hijos, nietos y él cerrando la fila. Los chicos rodeándola, acariciándole el pelo, dándole besos en la frente, dándole todo el cariño que se merecía y él no le supo comunicar. Ella se reía y hablaba. Chocha, como si se hubiera sacado el Lotería. Él sentadito en la silla al pie de la cama, los mira. No sabe cuanto tiempo estuvieron así, pareció un parpadeo.  “Papi, salimos a fumar un pucho y volvemos.  Así la dejamos descansar”. Le salieron buenos los chicos a a Elvira, pero un poco viciosos. Chicos es un decir, ya peinan canas o no peinan nada, pero siempre serán “los chicos”. “Vayan, yo me quedo”. En ese momento, sintió que era el momento. Tenía que decirle todo eso que había estado dándole vueltas y vueltas por la cabeza. Lo del tuco y las plantas y los chicos y que la quería. Que la quería tanto, tanto. Tantas cosas, tantos momentos, tanto que decirle… Levantó la silla donde estaba sentado y la corrió despacito, aunque tan rápido como su viejas piernas le permitían, la acomodó cerquita de la cabecera. Se sentó, le agarró la mano derecha entre las suyas y la besó mientras, la miraba con los ojos inundados. Y mientras ella le sonreía, entre todo el torbellino de palabras que pugnaba por salir luego de esas pocas horas que estuvieron separados, sólo pudo decirle un triste y entrecortado (y hasta egoísta)

-              Te extrañé mucho